sábado 28 de febrero de 2009

Terror

Primero que nada, una aclaración: lo que voy a contar es cien por ciento real, en cada detalle.

Segundo, otra más: si bien cuando no estaba atacado de esta absoluta falta de inspiración solía escribir sobre muertos, fantasmas y apariciones, soy lo menos creyente en ese tipo de cosas que se puedan imaginar. Como decía el gallego, no creo ni en el Dios verdadero, menos voy a creer en estas pavadas. Nada puramente espiritual y libre de cuerpo cabe en mi galería de seres.
Cerrado el introito, paso al relato.

Viernes rutinario, anoche. Terminé de hacer algunas cosas en la compu y me senté a ver el segundo tiempo de Gimnasia - Independiente. Cada tanto sonaba algún mensaje entrante y me hacía una pasada a ver quién había comentado y dónde. O a curiosear novedades de Facebook. Si, ya dije: rutinario.
Terminó el partido, abrí a Riquelme y saqué unas milanesas de pollo que ya estaban hechas. Comí alternando Banfield - Rosario Central con períodos de siesta que se interrumpían con los goles del Taladro. Y cuando el partido terminó me volví un rato a la compu a recorrer blogs amigos que hacía rato no frecuentaba. De hecho dejé un mensaje en "Nuestro Blog" para ver si alguien se daba por enterado de que existía (grande Memeeee...!!!).
Tercera aclaración: Comí con Coca Zero. Y cero fue el alcohol consumido en toda la jornada.
Apagué todo cerca de la una de la mañana para irme a dormir. Y al pasar por el sofá en el que había transcurrido la mayor parte de la noche, vi que la funda estaba medio arrollada en el fondo y me incliné para acomodarla.
Y en ese momento creí que el corazón me saltaba por la boca, literalmente.

Cuarta aclaración: no hay manera de acceder a mi departamento que no sea la puerta de entrada. Ni ventanas peligrosas, ni balcones vecinos ni nada. Y la puerta está siempre con cerrojo y - lo que es más - a la vista desde cualquier lugar. O sea, nadie puede entrar sin que yo lo vea. Por ende la idea de un intruso ni siquiera cruza por mi mente. Vuelvo al sofá.

Mientras estaba suavemente estirado y acomodando la funda, una mano se apoyó en mi cintura.
La esquivada que pegué casi me voltea sobre el sofá. Mientras me alejaba, giré. Todo esto en una décima de segundo. Por supuesto, no había nadie. En el mismo acto llevé mi mano al sitio donde había sentido el contacto. Y nada. Pero la sensación estaba absolutamente presente, las pulsaciones en 200 y el cerebro en 7.500 RPM empezando a procesar explicaciones que me permitieran no salir corriendo de la casa embrujada.

No hay nada cerca como para que pudiera haberme rozado. Ni plantas, ni ropa colgada ni muebles. Yo estaba en calzoncillos, o sea tampoco pudo ser ropa mía que se haya movido. No tengo mascotas. Y llegué al punto de pensar en algún bicho volador grande que se hubiera metido por el tragaluz del baño, pero tampoco. Ni murciélagos, ni cucarachas voladoras ni explicaciones lógicas. 
Pero, sobre todo, el tema era otro. Yo ya estoy grandecito como para confundir el roce de una cucaracha con una mano. Y esto fue clarísimo. La sensación exacta fue la que puede sentirse cuando te apoyan la mano en el hombro posando para una foto. El peso, la textura, el tamaño y el calor. No un roce, no un golpe. Una mano apoyada en la cintura como a la vieja usanza hubiera hecho yo para bailar. Y duró ese segundo. Cuando me aparté y giré se fue, y ahí terminó todo.

Luego de un rato de agitado análisis, y sobre la base de las premisas vertidas en forma de aclaración, el comunicado oficial dirá que siendo la 1.00 a.m. del día de la fecha sufrí un extraño episodio muscular por el que una contracción involuntaria del (nombre del músculo que pasa por ahí) provocó la sensación de ser tocado por una mano, generando esta misma contracción una suba de temperatura similar a la que podría sentirse en caso de ser tocado por otra persona.
Con esta conclusión, unos minutos después me fui a la cama. Pero ya no hubiera pasado el control de alcoholemia, porque me serví un whisky importante. 
Me costó dormirme, no hubo ningún episodio nocturno y mi versión será la del comunicado oficial. Sigo no creyendo en fantasmas, aparecidos ni Sexto Sentidos. Pero soy consciente que por una contracción muscular difícilmente me hubiera sentado a postear...

¿Alguno sabe qué les gusta tomar a los fantasmas...??

 

martes 17 de febrero de 2009

Los frutos del árbol envenenado. Y otra garantía mal entendida.

El título del post les va a sonar más a los estudiantes de derecho que al resto. O a los abogados, obviamente.

Se refiere a una teoría del derecho que dice que la ineficacia probatoria de un acto que vulnera una garantía constitucional se extiende a las pruebas que deriven de él. 
Ejemplo en criollo: se allana un domicilio porque se supone que en él hay un empresario secuestrado. Resulta que no, no está y el dato era errado o infundado. Pero en el allanamiento encuentran tres toneladas de cocaína, o quince menores de edad encerradas en un sótano. 
Bueno, a cagar. Como la razón invocada para allanar era falsa, lo que se encontró no sirve.
O, más típica: a un detenido lo someten a apremios ilegales. Es decir, lo torturan. El tipo, con los dedos en una morsa, canta: los cómplices son A, B y C y lo que se afanaron o el secuestrado está en un galpón de la calle Curapaligüe 1735. La policía va al lugar y efectivamente encuentra todo. Se prueba el tema de los dedos en la morsa y A, B y C vuelan libres cual pajaritos hacia un nuevo galpón en el que secuestrar y guardar lo que se sigan afanando.

El otro caso: dice la Constitución que nadie está obligado a declarar contra sí mismo. Los tribunales y jueces lo han entendido como que si yo soy culpable de algo y me interrogan, puedo mentir y eso no merece castigo, porque no estoy obligado a decir la verdad si me compromete. No sólo en juicios penales: el mismo criterio aplican en laboral o en civil. Yo puedo negar que un tipo al que empleé 15 años trabajó para mi. Y si me agarran... no pasa nada. Porque "nadie me obliga a declarar contra mí mismo".

Bueno, para mí llegó la hora de dejarse de joder y adecuar las normas y su interpretación a los tiempos en los que vivimos. Me parece una idiotez propia de gente que habla sólo porque es gratis el planteo de bajar la edad de imputabilidad, por ejemplo. Meter en cana a chicos de 12 años nunca jamás va a ser solución de nada.
Tampoco va a serlo el dar piedra libre a la tortura. Que un cana picanee a un preso es una atrocidad que no debe tolerarse. Pero sucede. Y si de esa sesión surgieron los datos que permitieron meter en cana a una banda de violadores de niños, no creo que el interés social sea que queden libres. Por eso, propongo lo siguiente.
Al cana que torturó al preso hasta lograr la confesión, que se le aplique todo el rigor de la ley. Que vaya preso por apremios ilegales y se muera en la cárcel si eso corresponde. Pero que eso no beneficie en nada a los terribles hijos de puta que cayeron presos a raíz de los datos obtenidos por ese método aberrante. Esos, que se pudran en la cárcel al lado de él. Que un cana sea torturador no hace menos culpables a los demás canallas. 

Y sobre lo otro, entendamos realmente lo que dice la Constitución. Nadie está obligado a declarar contra sí mismo. O sea, puede negarse a declarar. No abrir la boca ni incriminarse. Pero si decide declarar, está tan obligado a decir la verdad como cualquier otro mortal. Y si miente, debe soportar el peso de su mentira. Ser culpable no le otorga a nadie más beneficios que al resto de sus pares. Si yo miento, me sancionan. Si un miserable que cometió un delito o violó la ley miente... pues también. No tiene más derechos que yo por ser una mierda de persona...

No va a resolver todos los problemas de un país. Pero seguramente ayude un poco a no estar cada vez más abajo...


 

domingo 8 de febrero de 2009

Pelos de punta

Me desperté a las siete de la mañana. Sin motivo aparente.

Me quedé obviamente en la cama, e ingresé en ese estado intermedio en el que uno no está dormido, pero tampoco despierto. 
Y entonces sucede que inicia un pensamiento y luego pierde el control. Se independiza,
vaga por ahí y elige senderos impensados.
Por la ventana escuché voces de otro piso. Abajo de mi departamento, no sé justo en qué piso,
vive un hombre muy mayor con la esposa. Hablan muy fuerte, supongo que ambos deben ser algo sordos. De hecho, gritan.
Gritaba sólo ella, y se me ocurrió pensar - o soñar? - que él estaba muerto y ella no se daba cuenta.
Y la mente derivó, sola, a mi. Yo tengo una traba en la puerta de entrada, de la que nadie tiene llave. La uso sólo como un cerrojo: la pongo cuando estoy en casa y no al salir.
Si me muriera, para entrar hay que romper la puerta. Eso, cuando decidan que he muerto, lo que probablemente lleve tres o cuatro días: primero pensarán que no estoy, después que perdí el celular... hasta romper la puerta se irá un tiempito.
Empecé, en ese estado de semiinconsciencia, a analizar a quién dejarle una llave del cerrojo para su uso sólo en caso de muerte presunta; renunciando así a la sensación de intimidad absoluta que hoy día me proporciona. 
Ahí me desperté del todo. Y me llamó la atención haber estado maquinando sobre estos puntos. En estado normal, jamás me ocupo de temas vinculados a mi propia muerte.

Una hora después me llamó un amigo. Quién fue mi gerente hasta hace un mes, un tipo de menos de 40 años, se mató en un accidente de auto. Aparentemente, estaba haciendo una recorrida que - si no me hubiera ido de la empresa - era una de mis tareas para este año.

Uno jamás sabrá si esto es una coincidencia, o si no es nada, o si el plan del accidente existía desde el principio de los siglos en algún libro misterioso, y hace un mes reemplazaron el nombre del protagonista. Lo que sí sé es que corté el teléfono y sentí que los pelitos de la nuca se tensaban...