Perfecto. Había salido todo perfecto. La única cagada era no poder contarlo a nadie, pero estaba satisfecho como pocas veces...
Se sentó junto a una ventanilla mientras el tren empezaba a moverse. Entornó los ojos y empezó a revivir todo, desde la primera vez que la había visto en la empresa de seguros.
El había ido a presentar un reclamo porque un pelotudo se lo había llevado puesto en un semáforo. La primera vez lo atendió un forro que le pidió una pila de papeles que ni soñaba. Cuando volvió, a la semana, con todas las fotocopias, el forro estaba con licencia por exámenes y lo atendió ella.
Cuando la vio sentada sobre la bombacha, con una minifalda increíblemente corta que se levantaba por encima de la mitad del culo, sintió que se le paraba el corazón, y que para no ser menos el amigo hacía lo propio. Cuando se levantó de la silla, revoleando esas gambas larguísimas y espectaculares al estilo de Sharon Stone en Bajos Instintos, tardó un cuarto de segundo en decidir que se la iba a cojer como fuera. Ella llegó, dejó el chicle en un cenicero que estaba en el mostrador y miró los papeles sin siquiera advertir su cara de estúpido y su boca entreabierta. Marisa se llamaba, y pocas veces había estado hablando con una mina tan imponente, así fuera de cédulas verdes y ópticas delanteras izquierdas.
En las tres semanas siguientes se olvidó a propósito algún presupuesto o perdió la dirección del lugar de las inspecciones nada más que para verla. Y sólo una mañana la enganchó con jean, que dicho sea de paso parecía pintado y no puesto. Pero todas las demás veces la vio con esas minis que debían tener impreso el teléfono de la Fundación Favaloro. La del primer día debía haber sido la más larga. Y la guacha lo sabía, lo sabía y lo gozaba, porque por ejemplo iba a buscar agua a un dispenser que estaba al fondo y se agachaba sin ninguna necesidad, dejando totalmente a la vista una tanga minúscula que causaba gestos, gritos y codazos de empleados, clientes y guardias de seguridad. Marisa era una perra impresionante y disfrutaba mostrándose sin el menor reparo.
El día que le pagaron esa miseria que le ofrecía la aseguradora (y que él aceptó porque ya le importaba una mierda el accidente), le preguntó directamente si quería aprovechar el cheque yendo a cenar con él. Marisa ni se sacó el chicle esta vez, lo miró por primera vez con un mal disimulado gesto de asco y murmuró un "No, gracias" que marcó muy bien el NO y dejó claro que las gracias eran de lástima. Entonces él salió, se metió en un café de la vereda de enfrente y esperó a que salieran. Volvió a hacerlo veinte veces hasta que le quedó todo el esquema armado. Marisa salía a las seis, tomaba el subte hasta Constitución y de ahí el tren hasta Quilmes. Al bajar caminaba dos cuadras y entraba al edificio, que tenía tres pisos. Ella vivía en el segundo a la calle, sola. Al entrar levantaba la persiana, salía al balcón y regaba las siete u ocho plantitas que apenas alcanzaban a obstaculizar la vista maravillosa que las minis ofrecían al ser encaradas desde un ángulo como ese. La última luz se apagaba a eso de las 12. Durante el mes en que la siguió, a veces a cara limpia y otras disfrazado sin que jamás ella siquiera lo mirara, nunca vio que en el panorama hubiera algún hombre. Ni novio, ni amante... nada.
Los sábados Marisa salía a correr. El primer sábado la siguió dos cuadras y abandonó, volvió y la esperó. Ella corría exactamente una hora y veinte y volvía a la casa. Y justamente los sábados a la mañana el portero no estaba y nadie vigilaba la puerta de calle. El tercer sábado comprobó que una viejita salía con el changuito más o menos a las 10, antes de la vuelta de Marisa. De modo que el día elegido, mientras la puerta se iba cerrando lentamente detrás de la viejita de espaldas, él alcanzó a frenar el cierre y se metió en el edificio. El corazón le latió fuerte. Sujetó el frasquito con el cloroformo dentro del pañuelo y subió hasta pasar un poco el segundo piso y quedar oculto por la escalera en el tramo que seguía. Se sentó en el escalón y se puso los guantes de goma. Al rato se oyó la puerta de calle y el jadeo cansado de Marisa. Subió la escalera a saltos. Al oír el ruido de las llaves él salió de su lugar y antes de que siquiera lo advirtiera le apretó el pañuelo embebido en cloroformo contra la cara. Curioso, pensó que iba a ser más fuerte... o estaría muy cansada. Se desplomó casi sin resistencia. Abrió la puerta, la metió adentro y enseguida cerró con llave. Fue hasta el balcón y bajó la persiana del todo, y lo mismo hizo con la de la pieza. Era un departamento lindo, chiquito, de dos ambientes cálidos. Igual no pensaba mudarse...
Tiró al suelo los almohadones de la cama y fue a buscarla. La arrastró de los brazos y en un par de empujones la subió. Estaba transpirada, brillosa... imponente. La desnudó en dos minutos, arrancó el cable de una lámpara y le ató las manos en la espalda. La primera vez que la violó ella seguía dormida. Para la segunda no corrió riesgos y le envolvió la boca con cinta de empaque. Y estuvo bien, porque en ese momento ella abrió los ojos, aterrada. Intentó retorcerse o soltarse, hasta que un buen revés en la cara le enseñó quién mandaba ahora. Mirame con asco, puta. Decime "no, gracias", yegua. No quisiste ir a cenar...? Jodete. Ahora te cojo gratis como a mí se me ocurre, y encima no sabés la que te espera. Salió de adentro de ella, que lloraba desesperada, y se recostó a su lado. Siguió moviéndose hasta que le pegó una trompada en el estómago. Fue suficiente. Se sacó el condón y lo metió en la misma bolsita del anterior. Ni huellas ni ADN, eso lo tenía bien clarito de todas las series de detectives que había visto. Descansó una media hora mientras Marisa, jadeante aún, seguramente rogaba que se fuera de una vez. La miró mientras se calzaba el tercer forro. La hija de puta no lo había reconocido, estaba seguro. La dio vuelta sin hablar, le metió un almohadón abajo de la panza y la violó de nuevo, pero esta vez por atrás. En un momento se sintió un domador, mientras empujaba con toda su fuerza y la sujetaba del cable que le ataba las muñecas a la espalda. Acabó con esfuerzo, la puso boca arriba y se le acercó. La obligó a abrir los ojos.
"Sabés quién soy yo, hija de mil puta...?? El del Regatta marrón. El que se pasó un mes mirándote sin que te enteraras, el que te propuso gastarse en vos todo lo que le dieron por el choque. Te acordás ahora, eh...??!! Así te gustó más...???"
Los ojos de Marisa casi se le salieron de las órbitas. El tomó el almohadón, se lo apretó contra la cara, se acostó encima. Recién aflojó cuando estuvo totalmente seguro de que no respiraba.
Miró en detalle todo. Ni una gota de semen, ni saliva, ni nada. Se cuidó bien de no besarla ni morderla. Tomó la bolsita de los forros, se vistió, recogió las llaves y cerró con todo cuidado al salir. Recién en la calle y seguro de que nadie lo había visto se sacó los guantes y los puso en la bolsa con las llaves, los forros y una piedra pesada. Y tomó el tren. Que, dicho sea de paso, estaba llegando a Avellaneda. Seguía medio vacío. Se levantó y se acercó a una de las puertas de la punta. Se paró en el escalón. Una vez que revoleara la bolsa con todo al medio del Riachuelo, ni el FBI y la CIA juntos lo iban a poder encontrar. Tan perfecto era todo que no había nadie en ese espacio, iba a poder revolear con toda comodidad. Ahí viene el Riachuelo, bien en el medio lo largo... un cachito más... ahora...!!!!
La interrupción del servicio duró hasta bien entrada la madrugada del domingo. Los bomberos ya estaban acostumbrados a sacar cuerpos despedazados de las vías, y éste no fue muy diferente. Siempre lo mismo, un borracho en el estribo que perdía pie y lo agarraba el tren que venía de frente. Recién diez días después, en conferencia de prensa, las autoridades de la Provincia explicaron cómo lograron vincular a la víctima del accidente del tren con la violación y homicidio de la chica de Quilmes gracias a las llaves y los forros que había en la bolsa que seguía sujeta por el brazo amputado a la altura del codo.