Mi llegada a Punta Sola fue absolutamente casual. O al menos, eso creo. Volvía de un casamiento en un campo y cometí el error de aceptar la sugerencia de tomar un camino no convencional, unos kilómetros más corto. Y por supuesto, sin una sola señal. Así que a las dos horas de haber arrancado me vi obligado a aceptar que no tenía la menor idea de dónde estaba, ni cómo seguir. Pero ya que la certeza era que volviendo hacia atrás no encontraría nada, opté por seguir y encomendarme a la suerte. Y cuando ya estaba lo bastante oscuro como para empezar a preocuparme, apareció el cartel. De esos viejos, que no veía desde mi infancia. Una madera blanca, con la punta cortada en forma de flecha, que decía: Punta Sola, 3 Km. Jamás había sabido que existiera un lugar llamado así. Pero no estaba en condiciones de elegir. Doblé.
sábado 31 de octubre de 2009
Punta Sola
El que le hubiera puesto el nombre al lugar, no se había exprimido demasiado el cerebro. Punta Sola era un pedazo de piedra en la punta de un acantilado, sobre el mar. Nunca hubiera sospechado que el mar estaba tan cerca... pero ahí estaba. A una cuadra del borde, todavía no había empezado la zona urbanizada. Que por cierto eran tres casas. Ni una más. Una de ellas, vacía. Las otras dos, con luz, a cincuenta metros una de la otra.
De una de las chimeneas se veía salir humo. Era una construcción rara, con aspecto mitad de casa y mitad de negocio. Porque efectivamente lo era. O lo había sido, en la época en la que en la zona hubo cierto movimiento porque se suponía que iba a instalarse una base militar, o naval. Un par de años duró el estudio previo, hasta que lo descartaron. En esos meses, don Pedro les vendió a los trabajadores que analizaban el área bebidas, yerba, pan y fiambre, además de algunas pocas cosas de higiene personal. Para el tamaño del poblado, tener tres o cuatro visitantes por día debe haber sido como si abrieran un shopping...
Cuando todo pasó, la vida volvió a esa calma rayana en la muerte que había advertido al llegar y golpear las manos en la puerta de Don Pedro. Calma que había venido a perturbar yo, con mi llegada imprevista. En el acto, Pedro (un hombre de unos setenta años o acaso menos, barba y pelo blancos) me había ofrecido compartir su guiso y un tinto que acababa de abrir; y me había recomendado no seguir viaje antes de la mañana, porque era imposible que no me perdiera. Había más de un cuarto vacío en la casona, y podía pasar ahí la noche. El fuego hacía un ruido más que convincente, el vino estaba mucho mejor de lo esperable, y don Pedro evidentemente estaba disfrutando tener compañía. Poco tardé en decidir quedarme.
Después de la comida, que no sé si en verdad era tan deliciosa como yo la encontré, nos sentamos frente a las llamas con una segunda botella y las copas. Ahí fue donde me enteré del por qué del mostrador y las mesas, y de la historia de la base que nunca se hizo. Punta Sola, me contó el hombre, no está en ningún mapa. Técnicamente no existe. Y cuando pregunté por las otras casas, supe que una estaba efectivamente vacía porque el dueño había muerto hace diez años y jamás vino nadie a interesarse por ella, y en la restante vivía Luis. Al que, me aseguró Pedro, iba a conocer en cualquier momento, porque pasaría antes de acostarse. Me extrañó, pero no pregunté más.
Media hora más tarde, mientras le estaba contando a Pedro cómo había sido que Argentina clasificó para el Mundial del 2010, entró Luis. La cara de sorpresa ya la traía, y la cambió por una mueca rara al verme. Era algo más joven que Pedro. El viejo le hizo un gesto para que se acercara, y le explicó - aunque era obvio - que el auto de afuera era mío, que iba a pasar allí la noche y seguiría viaje a la mañana, con las indicaciones necesarias. Luis gruñó en señal de comprensión y aprobación. No quiso sentarse ni compartir el vino. Se limitó a decir "mañana, a las siete", dio media vuelta y salió así como había entrado. Miré a Pedro extrañado, y levantó las cejas como diciendo "y, sí... es raro". Se inclinó hacia la mesita, llenó de vino ambas copas y pareció viajar en el tiempo. Y empezó a contarme.
- Luis era uno de los técnicos que vino a estudiar el terreno antes que los demás. En las primeras dos semanas le hicieron la casa blanca esa que está más para el lado de la arboleda. Era un tipo muy agradable, casi diría charlatán. Andaba siempre con un aparato con trípode y tomando medidas, o haciendo pozos con un tubo largo y sacando muestras. Y a veces bajaba por entre las piedras, hasta el agua, y salía con un bote de goma a navegar. Yo lo veía desde acá, cuando anclaba a unos doscientos metros, sacaba fotos y seguía midiendo con el aparato del trípode. A la noche comía conmigo y alguno de los otros muchachos acá, casi todas las noches. Un buen tipo.
Tomó un sorbo largo, y repitió entre dientes "un buen tipo...". Respiró hondo, se puso serio. Siguió.
- Una tarde llegó un auto con gente. Una chica, un pibe y un hombre como de mi edad. Eran la novia de Luis, el hermanito y el papá. Vinieron a comer esa noche, parecía una fiesta. Yo no veía una mujer desde que me había venido a Punta Sola, ni me acordaba de cómo sonaba una risa. Esa noche ella durmió acá en un cuarto y el padre y el hermano en otro. Ninguno se quedó en lo de Luis. Y cuando estábamos tomando un vino acá, como nosotros ahora, arreglaron para salir a la mañana siguiente en el bote. El viejo no quiso saber nada, pero los chicos estaban entusiasmados. Y al otro día, salieron. Yo me quedé con el padre mirándolos desde el alero del fondo, que da al mar. Y vimos todo. En cinco minutos se hizo noche, empezó a llover con una furia terrible, y el agua se puso hecha una furia. Y en eso, con la luz de un relámpago, vimos cómo el bote se daba vuelta. Los dos saltamos de la silla y corrimos a la barranca. Bajamos a las corridas, resbalando entre las piedras. Ni sabíamos para qué, pero bajamos. Llegamos y no había nada. Gritamos, prendimos linternas... nada. Y a las perdidas, como a los diez minutos, una ola lo saca al Luis, medio muerto. El viejo le hizo unos masajes en el pecho y la respiración boca a boca, mientras yo seguía gritando y mirando. Pero no hubo caso. La piba y el chico recién aparecieron tres días después, como a 20 kilómetros de acá.
Se respaldó y terminó el vino. Estaba como ausente. Me hizo sentir que tenía que tomar la posta, aunque no sabía bien qué decirle. Y le pregunté lo primero que se me ocurrió: qué iba a pasar mañana a las siete.
Me miró como evaluando si me iba a contestar o no. Por lo visto decidió que sí. Y retomó.
- No sé qué va a pensar usted, pero esto que le voy a contar es tal cual, sin cambiarle una coma. Desde esa noche, el Luis cambió. No habló más, no vino a comer, casi ni cambiamos palabra. Estuvo así bastante tiempo. Y peor cuando nos enteramos que, como a los dos años del accidente, el viejo se había muerto de la pena. O eso parecía, por lo menos. Y en esa semana fue la primera vez. Mire, yo sé que es raro, pero fue tal cual se lo cuento. El Luis se fue a dormir, y a la mañana se despertó en el medio del mar. Si, la cara que usted pone es la que le puse yo cuando me contó. Pero después de la tercera vez que lo comprobé, ya no pude seguir sin creerle. El tipo se acuesta, se duerme, y se despierta en el medio del mar. Todas las noches. Y no es sonámbulo, ni se droga, ni chupa ni nadie lo saca y lo lleva. Créame que fueron varios años de vigilar que nada de eso pasara. Es como si se sintiera culpable de no haberse ahogado él también. Y como ya está grande y le cuesta cada vez más, hace un tiempo que decidimos que yo lo fuera a esperar. Las primeras noches era un garrón, porque a veces lo esperaba como tres horas. Pero ahora se pone el despertador y me avisa. Yo llego, y a los pocos minutos él sale. Los días tranquilos, nos volvemos caminando. Y si toca tormenta o el mar muy movido, lo ayudo y a veces me quedo hasta que puede caminar...
Disimulé mi gesto todo lo que pude. El viejo me quería usar para divertirse, pero se lo había ganado con el guiso y el vino. Al ratito saludé y me fui a dormir. Programé la alarma del celular para las seis y media, y me acosté. Al levantarme, escuché el ruido de la puerta mientras me vestía, y lo vi a Pedro salir hacia el borde del acantilado. En la mesa encontré un mapa, una serie de indicaciones y una canasta con pan casero, manteca, el termo y la yerba. Tomé un par de mates y decidí arrancar. Había hecho una cuadra cuando advertí que la luneta trasera tenía demasiado rocío y no me dejaba ver nada. Bajé a secarla, y en ese momento los vi.
Saliendo de la barranca que daba al mar venía don Pedro, levemente encorvado, soportando el peso de Luis, que - chorreando agua - caminaba con dificultad apoyándose en él.
Publicado por
Oscar
el
sábado, octubre 31, 2009
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7 comentarios:
Qué lindo texto, Oscar!!
Tiene un tono muy intimista, te deja con la sensación de haber robado un secreto, de haber escuchado atrás de una puerta...
Me gustó mucho.
Beso grande!
SOS MUY DESUBICADO EN TRATAR ASÍ A SUSANA GIMÉNEZ!!!
ES SU FORMA DE PENSAR LOCO!!!
YA QUE TANTO TE HACÉS EL INTELIEGENTE, DEDICATE A TUS COSAS MEJOR SÍ???
Gracias.
Gracias, Juli...!!
Renzo, como primera cosa que se me ocurre... tratá de coordinar lectura y escritura, porque es muy difícil entender a qué te referís si me hablás de algo que leíste en otra parte.
Segundo, las expresiones "Susana Giménez" y "forma de pensar" son contradictorias.
Tercero, no hay manera de "hacerse el inteligente". Se es o no se es. Pero además, una de "mis cosas" es el blog. Así como vos tenés uno dedicado a homenajear a Florencia Peña, Susana Giménez y Mariana Fabbiani.
Cuarto, si te gace falta una ratificación, pienso que Susana Giménez es una señora mayor, podrida en guita, con el cerebro podrido, que porque jamás tuvo la inquietud de educarse dice cosas como lo del dinosaurio vivo (que puede ser simpático además de triste); y porque tiene un alma miserable dice otras cosas. Y además vive envuelta en cosas detestables como toda su vinculación con Grassi, su auto para discapacitados y demás.
Un abrazo y una sugerencia: abrite un blog de homenaje a Mirtha Legrand y Mariano Grondona, dale!!
dios mio no califica para una puteada ¿ como se puede discutir con alguien que tiene de referente a susana gimenez ?
yo pienso que su calidad de persona fisica ( el amigo aca que nos visita ) solo le corresponde adquirir derechos ( mas que contraer obligaciones )
jajjajaja
Cocox, además de este muchacho, en otro blog al que entro habitualmente, y que publicó una nota sobre Susana Giménez, descubrí la existencia de una tal Lorna. Cuya vida gira absoluta y exclusivamente en torno a lo que haga, diga, piense o regurgite la Su.
A mi me parece que no se puede caerle demasiado ferozmente a esta gente. Ya bastante los ha castigado la vida con ser lo que son...
Excelente cuento Oscar, te felicito y disculpame que no tenga (ya) más palabras para elogiarte. No sé, el hecho de que guardé todos y cada uno de ellos en mi pc creo que lo dice mejor.
De verdad no puedo creer que existan los "Renzos" las "Lornas" (?)... Mierda, cómo estamos.
Beso
Viste, Guagua...?? Estámos llenos de Renzos y Lornas. Así nos va...
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