jueves 18 de junio de 2009

Esperando al médico

La vieja casona, casi un petit hotel, ha sido inteligentemente adaptada y hoy atienden allí más de quince médicos de diferentes especialidades. Un ambiente que en algún momento pudo haber sido un comedor o un pequeño saloncito es hoy una cómoda sala de espera, con su LCD de 32 pulgadas amurado a una altura prudente y clavado en TN.

Alrededor, en las sillas distribuidas contra las largas paredes, esperan sus respectivos turnos siete personas.
Justo bajo el plasma, una madre cincuentona y su hija en edad de secundario. Las dos prácticamente el mismo corte de pelo y de cara, muy parecidas... pero con 30 años entre ellas. Alguna vez alguien me dijo que al ponerse de novio con una muchacha hay que tratar de conocer pronto a la madre, para no llevarse sorpresas. Viéndola, uno sabe en qué se convertirá algún día la belleza que tiene hoy a su lado. Me río pensando en el desaliento que alguna vez invadirá al que se enganche con la hija, hoy una morochita muy linda... pero con futuro de bulldog.
En la otra punta de esa hilera, dos señores de más de sesenta años. Ambos con el pelo blanco, ambos vestidos muy correctamente con corbata y saco sport. Hablan en voz muy baja y educada, como lo harían en misa. Los miro con disimulo y casi enseguida pienso que son pareja. No podría decir por qué, si bien reconozco que la visión de dos hombres grandes acompañándose en ciertos menesteres despierta mis prejuicios con facilidad. Acaso influya que me hacen acordar a un par de parejas gay de esa edad que conozco, y que seguramente se comportarían del mismo modo. Los hombres somos más reacios a la compañía en ciertos trances. Jamás sospecharía que dos mujeres maduras que van juntas al médico o a la peluquería sean lesbianas, pero dos tipos grandes en esas situaciones me huelen raro. Uno puede ir con un amigo a comprar un auto o al mecánico, pero no al dentista. No sé, es así... pero bueno, al fin y al cabo es irrelevante a los fines de este cuento.
El impar soy yo, obviamente. Y los dos que faltan son una mamá y su hijito de no más de tres años. La mamá es joven y linda, pero no tan linda como para alcanzar la impunidad. Explico para las damas que lean esto: una mujer adquiere permisos, tolerancia o complacencia respecto de sus actos y comportamientos según los puntos que merezca en el criterio masculino promedio. Así, el perro de Liz Solari podrá ladrar toda la noche, cagar en el ascensor o hacernos pis en un zapato sin merecer más que una sonrisa comprensiva y complaciente. Pero bastará que el de Lita de Lazzari esboce un "Gu..." para que la crucifiquemos, recordándole que el Reglamento prohíbe tener animales, las pautas de respeto a los vecinos y que ya es hora de que se lleve esa bestia maloliente y sin educación del edificio. Bueno, esta mujer logra una cierta benevolencia hacia la conducta de su hijo, pero no un indulto total. Está buena, pero no tanto. Y el nene es un tributo viviente a la hinchapelotez. Grita, corre, llora - llora como un marrano y por todo - y se planta en el medio de sus caprichos intransigentes y absurdos. Y la mamá ha optado (acaso lo ha hecho hace meses) por ignorarlo. No registra sus aullidos, no se conmueve por el llanto ni cede ante las escenas que el monstruito escenifica. Lo cual puede ser una buena política educacional, a condición de que se ejercite en la casa propia, previo forrarla de aislante para que el ruido no trascienda. Pero permitir este atentado auditivo en un lugar lleno de gente desconocida, requeriría una belleza y simpatía largamente superior a la que acredita esta joven madre, a la que ya los restantes miramos con una cara de orto nada disimulada.
Como una concesión piadosa, la fulana extrae de la cartera un trencito de plástico que le da a la bestia aullante. Agustín - tal el nombre del monstruo - suspende por un minuto los berrinches. Lo que tarda en realizar con el trencito dos breves viajes equivalentes al alcance de su brazo. Una vez hecho el trayecto, revolea el trencito bajo las sillas y retoma, con renovado brío, el concierto de aullidos capaz de asustar a Drácula y que lleva ya diez eternos minutos.

En ese instante, cuando el estallido social se aproxima, por la arcada que separa la sala de espera de la recepción, ingresa un tanquecito con luces de colores que giran y destellan. Todas las miradas se concentran en él: seguramente es un juguete de control remoto de alguno de los otros chicos, que están esperando en la sala contigua. Realmente es atractivo y logró el milagro de deslumbrar al monstruo, que lo contempla en un magnífico silencio. El tanque avanza majestuosamente hacia el centro del salón, mientras Agustín, el hijo de Atila, se recupera de la sorpresa y comienza a incorporarse balbuceando algo así como "mío, mío...!!". 
El artefacto se detiene, con sus luces multicolores fulgurando, y la bestia se dispone a apropiarse de él. La no tan linda ni siquiera intenta hacerle notar que carece de derecho a eso. Y se limita a mirar, como lo hacemos todos, mientras Agustín se acerca y el tanquecito lentamente gira su torreta y levanta el cañón. Un instante antes de que las manos del primo de Godzilla lo alcancen, el tanquecito dispara y el salvaje cae de culo ante el impacto en el pecho de una bolita de plástico roja, con un gesto de terror y dolor en la cara y una sorpresa que jamás olvidará en el alma.
La sorpresa del Azote de Dios sólo se compara a la de la madre, que mientras los demás empezamos a sonreir sintiendo que el Angel Vengador extendió sus alas, se levanta y va hacia el derrumbado Agustín. Este recupera de inmediato su compostura, recuerda su misión en la Tierra y en esa casa en especial, y reanuda los gritos con mucha mayor potencia, ahora que ha encontrado una causa razonable. En brazos de la cada vez menos linda, desgrana una sinfonía de alaridos, que armonizan con los de la madre, interrogando acerca del dueño de este juguete peligroso que podía haberle sacado un ojo al diablo que mantiene alzado. Ante la falta de respuesta, se dirige con el chico en brazos hacia el lugar por donde ingresó el tanque, reclamando cada vez con más vehemencia y enojo la presencia del dueño y presunto conductor remoto del tanque, que permanece en el piso quieto con sus luces... aunque bien mirado no está tan quieto, porque la torreta va girando y el cañón vuelve a levantarse pero a la vez se alarga y se estira; se estira claramente mientras gira y ya mide no menos de 30 centímetros y apunta para arriba, hacia la espalda de la madre de Agustín o acaso un poco más abajo, a una zona que - justo es reconocerlo - le hubiera ganado al niño alguna indulgencia extra porque realmente resplandece en esos jeans ajustados. Y de pronto, tras la breve pausa rota por ella con un aviso de que por última vez pregunta de quién es el tanque; el artefacto dispara una flecha dorada que vuela por el breve espacio en que no estás, y se hunde ferozmente en el fulgurante culo de la mamá de Agustín, que suelta al bicho gritón para agarrarse las cachas y permite que - por imperio de la gravedad - el suelo le propine al aullador un merecido castigo. 
Ya la vieja casona es un kilombo, nadie guarda compostura, hay corridas, gritos, celulares, llantos, puteadas y reclamos por doquier. Y en medio de este desparramo, una de las viejas secretarias que atiende el teléfono en la recepción recoge disimuladamente el tanquecito y lo guarda debajo del mostrador, mete debajo de unas carpetas el control remoto, y me guiña un ojo, cómplice, al ver que la he descubierto...

12 comentarios:

Yle dijo...

jaja ke buena fantasia para imaginar cuando algun escuincle este haciendo berrinches perturbando la paz publica (mi paz publica ja) y la madre no haga nada por callarlo.

bien

Oscar dijo...

Así nació la idea, Ely... salvo el tanquecito, el resto es una true story...

Ale Sweet dijo...

Oscar no debe faltar mucho para que disfrutes de tus nietos, te veo poca paciencia con los chicos... Sin embargo la descripción del entorno y la situación me pareció excelente, me sentí en esa sala de espera....
Besitosss

ADN dijo...

Oscar, estas cosas te pasan por ser un prejuicioso. Jodete. Que tenes que comparar a la madre con la hija,babosearte con una pendeja, criticar a dos viejos que van juntos al médico y mirarle el culo a la madre del nene. Todo eso lo hiciste porque fuiste solo al médico, porque estabas aburrido y por eso no te bancas al pobre pendejo que capaz qie le dolía algo y por eso lloraba.

Oscar dijo...

Ale... no, con los chicos todo bien. Con los padres que no los saben educar es la cosa. Ningún hijo mío hubiera protagonizado esa escena: no se portaban así, y si lo hubieran hecho a los dos minutos estaban en la vereda, no jodiendo adentro.

ADN... estoy tratando de encontrar el prejuicio. Sin suerte. Pero aunque hubiera hecho todo aquello de lo que se me acusa, si a esta altura no supiera diferenciar un llanto de dolor de uno de pendejo malcriado, tendría que ser muy bobo. Lloraba, como el 95% de los niños, para llamar la atención. Y la política de matarlo con la indiferencia se practica en privado, no en un sitio en el que el nene jode a todos los presentes. Por estas cosas la quiero más a Ely... ;-P

ADN dijo...

el prejuicio está en creer que los hombres no deben ir acompañados por otro hombre al médico porque sino, son putos. Y en que a las minas lindas se les perdona tener un pendejo malcriado o un perro desacatado y a las feas no.
Pero bueno, querela más a Ely, no importa.

Oscar dijo...

Empate en uno. Lo de los dos jovatos, yo mismo dije que era un prejuicio pero no guarda relación con el centro del relato. Lo de perdonar a las lindas más que a las feas es tan prejuicio como decir que Paris queda en Francia... son datos de la realidad objetiva, eso sucede 100 de cada 100 veces.

Juli dijo...

Juaaaaa!!
Buenísimo, Oscar!
La verdad es que más de una vez hubiese querido contar con un tanquecito de esos...aunque justo es decir que el primer tiro lo merece la madre más que el chico, por buen culo que tenga ;)
En todos los consultorios debería haber una "secretaria justiciera"

Beso grande.

maria dijo...

Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!

Excelenteeeee!!! Y me maté de risa con el intercambio con Adn, jajajajaja!!!

Yo adoro los niños, pero confieso que más de una vez apelé a un recurso que nunca me falló: llamo al enano/a, le digo que le voy a contar un secreto (con mi mejor cara de mujercita comprensiva y juguetona) y cuando llega el momento le espeto un "te dejás de joder, vas, te sentás y te quedás quietito en la silla porque si no, te rompo la cabeza a patadas, y te juro que lo hago porque soy loca"
Santo remedio.

Pero me gusta mucho más tu historia, siempre adoro tus historias. Genial
Beso!

maria dijo...

ah, y si, para mi que los dos señores eran gays.

jajajaja!

Oscar dijo...

Gracias de corazón, Juli y María... ustedes sí que entienden mi vida!!

Oscar dijo...

Otra historia real arriba, si están sin mucho que leer y quieren...