sábado 31 de octubre de 2009

Punta Sola

Mi llegada a Punta Sola fue absolutamente casual. O al menos, eso creo. Volvía de un casamiento en un campo y cometí el error de aceptar la sugerencia de tomar un camino no convencional, unos kilómetros más corto. Y por supuesto, sin una sola señal. Así que a las dos horas de haber arrancado me vi obligado a aceptar que no tenía la menor idea de dónde estaba, ni cómo seguir. Pero ya que la certeza era que volviendo hacia atrás no encontraría nada, opté por seguir y encomendarme a la suerte. Y cuando ya estaba lo bastante oscuro como para empezar a preocuparme, apareció el cartel. De esos viejos, que no veía desde mi infancia. Una madera blanca, con la punta cortada en forma de flecha, que decía: Punta Sola, 3 Km. Jamás había sabido que existiera un lugar llamado así. Pero no estaba en condiciones de elegir. Doblé.

El que le hubiera puesto el nombre al lugar, no se había exprimido demasiado el cerebro. Punta Sola era un pedazo de piedra en la punta de un acantilado, sobre el mar. Nunca hubiera sospechado que el mar estaba tan cerca... pero ahí estaba. A una cuadra del borde, todavía no había empezado la zona urbanizada. Que por cierto eran tres casas. Ni una más. Una de ellas, vacía. Las otras dos, con luz, a cincuenta metros una de la otra.
De una de las chimeneas se veía salir humo. Era una construcción rara, con aspecto mitad de casa y mitad de negocio. Porque efectivamente lo era. O lo había sido, en la época en la que en la zona hubo cierto movimiento porque se suponía que iba a instalarse una base militar, o naval. Un par de años duró el estudio previo, hasta que lo descartaron. En esos meses, don Pedro les vendió a los trabajadores que analizaban el área bebidas, yerba, pan y fiambre, además de algunas pocas cosas de higiene personal. Para el tamaño del poblado, tener tres o cuatro visitantes por día debe haber sido como si abrieran un shopping...
Cuando todo pasó, la vida volvió a esa calma rayana en la muerte que había advertido al llegar y golpear las manos en la puerta de Don Pedro. Calma que había venido a perturbar yo, con mi llegada imprevista. En el acto, Pedro (un hombre de unos setenta años o acaso menos, barba y pelo blancos) me había ofrecido compartir su guiso y un tinto que acababa de abrir; y me había recomendado no seguir viaje antes de la mañana, porque era imposible que no me perdiera. Había más de un cuarto vacío en la casona, y podía pasar ahí la noche. El fuego hacía un ruido más que convincente, el vino estaba mucho mejor de lo esperable, y don Pedro evidentemente estaba disfrutando tener compañía. Poco tardé en decidir quedarme.
Después de la comida, que no sé si en verdad era tan deliciosa como yo la encontré, nos sentamos frente a las llamas con una segunda botella y las copas. Ahí fue donde me enteré del por qué del mostrador y las mesas, y de la historia de la base que nunca se hizo. Punta Sola, me contó el hombre, no está en ningún mapa. Técnicamente no existe. Y cuando pregunté por las otras casas, supe que una estaba efectivamente vacía porque el dueño había muerto hace diez años y jamás vino nadie a interesarse por ella, y en la restante vivía Luis. Al que, me aseguró Pedro, iba a conocer en cualquier momento, porque pasaría antes de acostarse. Me extrañó, pero no pregunté más.
Media hora más tarde, mientras le estaba contando a Pedro cómo había sido que Argentina clasificó para el Mundial del 2010, entró Luis. La cara de sorpresa ya la traía, y la cambió por una mueca rara al verme. Era algo más joven que Pedro. El viejo le hizo un gesto para que se acercara, y le explicó - aunque era obvio - que el auto de afuera era mío, que iba a pasar allí la noche y seguiría viaje a la mañana, con las indicaciones necesarias. Luis gruñó en señal de comprensión y aprobación. No quiso sentarse ni compartir el vino. Se limitó a decir "mañana, a las siete", dio media vuelta y salió así como había entrado. Miré a Pedro extrañado, y levantó las cejas como diciendo "y, sí... es raro". Se inclinó hacia la mesita, llenó de vino ambas copas y pareció viajar en el tiempo. Y empezó a contarme.

- Luis era uno de los técnicos que vino a estudiar el terreno antes que los demás. En las primeras dos semanas le hicieron la casa blanca esa que está más para el lado de la arboleda. Era un tipo muy agradable, casi diría charlatán. Andaba siempre con un aparato con trípode y tomando medidas, o haciendo pozos con un tubo largo y sacando muestras. Y a veces bajaba por entre las piedras, hasta el agua, y salía con un bote de goma a navegar. Yo lo veía desde acá, cuando anclaba a unos doscientos metros, sacaba fotos y seguía midiendo con el aparato del trípode. A la noche comía conmigo y alguno de los otros muchachos acá, casi todas las noches. Un buen tipo.

Tomó un sorbo largo, y repitió entre dientes "un buen tipo...". Respiró hondo, se puso serio. Siguió.

- Una tarde llegó un auto con gente. Una chica, un pibe y un hombre como de mi edad. Eran la novia de Luis, el hermanito y el papá. Vinieron a comer esa noche, parecía una fiesta. Yo no veía una mujer desde que me había venido a Punta Sola, ni me acordaba de cómo sonaba una risa. Esa noche ella durmió acá en un cuarto y el padre y el hermano en otro. Ninguno se quedó en lo de Luis. Y cuando estábamos tomando un vino acá, como nosotros ahora, arreglaron para salir a la mañana siguiente en el bote. El viejo no quiso saber nada, pero los chicos estaban entusiasmados. Y al otro día, salieron. Yo me quedé con el padre mirándolos desde el alero del fondo, que da al mar. Y vimos todo. En cinco minutos se hizo noche, empezó a llover con una furia terrible, y el agua se puso hecha una furia. Y en eso, con la luz de un relámpago, vimos cómo el bote se daba vuelta. Los dos saltamos de la silla y corrimos a la barranca. Bajamos a las corridas, resbalando entre las piedras. Ni sabíamos para qué, pero bajamos. Llegamos y no había nada. Gritamos, prendimos linternas... nada. Y a las perdidas, como a los diez minutos, una ola lo saca al Luis, medio muerto. El viejo le hizo unos masajes en el pecho y la respiración boca a boca, mientras yo seguía gritando y mirando. Pero no hubo caso. La piba y el chico recién aparecieron tres días después, como a 20 kilómetros de acá.

Se respaldó y terminó el vino. Estaba como ausente. Me hizo sentir que tenía que tomar la posta, aunque no sabía bien qué decirle. Y le pregunté lo primero que se me ocurrió: qué iba a pasar mañana a las siete.
Me miró como evaluando si me iba a contestar o no. Por lo visto decidió que sí. Y retomó.

- No sé qué va a pensar usted, pero esto que le voy a contar es tal cual, sin cambiarle una coma. Desde esa noche, el Luis cambió. No habló más, no vino a comer, casi ni cambiamos palabra. Estuvo así bastante tiempo. Y peor cuando nos enteramos que, como a los dos años del accidente, el viejo se había muerto de la pena. O eso parecía, por lo menos. Y en esa semana fue la primera vez. Mire, yo sé que es raro, pero fue tal cual se lo cuento. El Luis se fue a dormir, y a la mañana se despertó en el medio del mar. Si, la cara que usted pone es la que le puse yo cuando me contó. Pero después de la tercera vez que lo comprobé, ya no pude seguir sin creerle. El tipo se acuesta, se duerme, y se despierta en el medio del mar. Todas las noches. Y no es sonámbulo, ni se droga, ni chupa ni nadie lo saca y lo lleva. Créame que fueron varios años de vigilar que nada de eso pasara. Es como si se sintiera culpable de no haberse ahogado él también. Y como ya está grande y le cuesta cada vez más, hace un tiempo que decidimos que yo lo fuera a esperar. Las primeras noches era un garrón, porque a veces lo esperaba como tres horas. Pero ahora se pone el despertador y me avisa. Yo llego, y a los pocos minutos él sale. Los días tranquilos, nos volvemos caminando. Y si toca tormenta o el mar muy movido, lo ayudo y a veces me quedo hasta que puede caminar...

Disimulé mi gesto todo lo que pude. El viejo me quería usar para divertirse, pero se lo había ganado con el guiso y el vino. Al ratito saludé y me fui a dormir. Programé la alarma del celular para las seis y media, y me acosté. Al levantarme, escuché el ruido de la puerta mientras me vestía, y lo vi a Pedro salir hacia el borde del acantilado. En la mesa encontré un mapa, una serie de indicaciones y una canasta con pan casero, manteca, el termo y la yerba. Tomé un par de mates y decidí arrancar. Había hecho una cuadra cuando advertí que la luneta trasera tenía demasiado rocío y no me dejaba ver nada. Bajé a secarla, y en ese momento los vi.

Saliendo de la barranca que daba al mar venía don Pedro, levemente encorvado, soportando el peso de Luis, que - chorreando agua - caminaba con dificultad apoyándose en él.

jueves 29 de octubre de 2009

Discriminación, Xenofobia y Estupidez

Copiado textualmente del diario de hoy:

El Inadi hizo una denuncia por los cantos xenófobos en el River-Boca

María José Lubertino, titular del instituto antidiscriminación, afirmó que el réferi debió haber parado el partido cuando la hinchada de River comenzó a cantar,
despectivamente, "Son la mitad más uno, son de Bolivia y Paraguay"
La presidente del Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), María José Lubertino, afirmó en declaraciones radiales que el organismo que dirige presentó una denuncia por los cantos xenófobos que la hinchada de River dedicó a la de Boca en el superclásico del domingo.

"Le hemos advertido a la AFA y a los distintos cuadros. La responsabilidad es del árbitro porque tal como lo dicen el estatuto del fútbol se debe detener el partido y pedir que se pare con los cantos", dijo Lubertino, quien además sostuvo que los cantos discriminatorios sucedieron antes del partido y cuando finalizó.

La titular del Inadi dijo que pedirán las grabaciones del partido del domingo y que el Inadi intervino de oficio. Por último, informó que la denuncia se realizó ante el fiscal general de la ciudad, Germán Garavano.


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Chicanita previa: si los cantitos fueron "antes y después", si algo no se podía era parar el partido. Primera estupidez, en este caso referida a la temporalidad de la medida.

Pero lo que en realidad quería decir es otra cosa. También se cantó "El que no salta es un inglés". Sin embargo, a nadie se le ocurrió hacer una denuncia por esa causa. Aún cuando es claro que el uso del gentilicio, en este caso, es despectivo. Mucho más que en el que sí fue denunciado. El inglés es el enemigo de guerra. No otro es el origen de ese cantito. Es un canto 100% xenófobo. Pero no pasó nada.

Como no hubiera pasado nada si en lugar de cantar "Son de Bolivia y Paraguay" se hubiese cantado "Son de Alemania y de Hawaii" (mantengamos la rima). A ningún fiscal ni ninguna ex diputada amamantante se le hubiera cruzado radicar una denuncia porque llamaron suizo a un hincha de Boca. O escocés, o francés. El problema, según el INADI, es porque se los llamó bolivianos y paraguayos.

Como en toda medida legal, cabe preguntarse cuál es el bien jurídico protegido y quién es la víctima. ¿Quién es el ofendido por este cantito? Pareciera evidente que no son ni la comunidad boliviana ni la paraguaya. Ellos efectivamente SON de Bolivia y Paraguay, y no lo consideran un hecho agraviante. Yo nunca me ofendí porque me dijeran que soy argentino. ¿Entonces? ¿La agraviada es la hinchada de Boca? ¿Porque siendo argentinos los llamaron bolivianos y paraguayos?

Señora Lubertino... no se da cuenta de que lo verdaderamente ofensivo para los hermanos paraguayos y bolivianos no fue el cantito, sino su denuncia?? ¿Que implica la declaración, a nivel oficial, de que para un argentino ser llamado "boliviano" o "paraguayo" es un insulto...?

Esperemos que las autoridades judiciales tengan el sentido común de desestimar esta denuncia in límine por inexistencia de infracción alguna. De lo contrario, la Cancillería va a tener que ir pensando cómo venderles la explicación a Evo y a Lugo de lo que quiso decir el INADI...

sábado 24 de octubre de 2009

Yo me entiendo...

En "Il Postino", Mario - el cartero - le dice a Pablo Neruda: La poesía no es del que la escribe, sino del que la necesita.

Así que Neruda ya sabe que no tiene derecho a cuestionarme este post.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.




viernes 16 de octubre de 2009

Anoche

Una menos diez de la mañana. Entro al garaje y dejo el auto. Un saludo entre dientes al cuidador, que encerrado en la oficina mira tv sin saber qué está viendo. Y a recorrer unas cuadras hasta casa, porque en mi barrio no se consigue cochera más cercana. Defectos de una deficiente planificación urbana. Voy por Güemes hasta Malabia. En la esquina doblo hacia Santa Fe. No se ve a nadie en toda la cuadra, hasta la otra esquina. En ese momento tomo conciencia de que es larguísima. Más que una cuadra normal. Mirá vos, hace más de 50 años que camino por acá y nunca me había fijado.

Es raro esto de que no haya nadie a esta hora. Por un segundo me acuerdo de una película muy mala que vi hace unos meses, en la que Will Smith era el único ser humano vivo en el mundo, o en la ciudad. Soy Leyenda, creo. Sí, esa. Y me imagino que van a aparecer de alguna de las puertas gacelas huyendo de manadas de lobos o de una pareja de cheetas. Pero no.
Una luz roja está parpadeando y a la vez se oye un sonido intermitente al llegar a la entrada de autos de un edificio. En el momento en que paso se corta, y escucho el ruido del portón que termina de cerrarse. Un auto acaba de entrar. No lo vi, pero me imagino un matrimonio volviendo de cenar a la salida del teatro. No sé por qué, pero no encuentro otra variante que me parezca admisible. Es como si me constara que esa es la verdad. No una veinteañera que estuvo estudiando, no un hombre sólo que estuvo cenando con amigos o una señora que viene de cuidar a la mamá enferma. Y ni siquiera el mismo matrimonio viniendo del cine. No, tiene que ser del teatro. Vaya uno a saber por qué.
Un poco más adelante está el edificio más pretencioso de la cuadra. No es muy distinto de los demás, pero tiene vereda negra. Desde que lo hicieron, hace dos o tres años, me llamó la atención ese detalle. Además, está metido para adentro y deja un espacio para autos. El que llega en auto puede bajarse directamente en la entrada, bajo techo, como en los hoteles importantes. Pero sin un tipo lleno de botones dorados que le abra la puerta. No todo se puede en este mundo.
Detrás de los blindex, una mujer rubia cercana a los 50 años charla con el empleado de vigilancia. La rubia está bien vestida, tiene un pantalón con botas y una campera de cuero. Sostiene la manija de una valija con ruedas. A la una de la mañana. Es evidente que está esperando un taxi, y que de allí se va a tomar un avión. Por la hora tiene que ser un avión, y en Ezeiza. Nadie vuela cabotaje a esas horas, ni sé si hay vuelos. Empiezo a repasar los posibles destinos. Descarto los exóticos. La señora no tiene aspecto de ir a Islandia, ni a Kuala Lumpur. Tampoco la veo tan convencional como para Madrid. Llego a la conclusión de que se va a Barcelona. A ver a la hija. Que está instalada allá hace unos años trabajando como Analista de Sistemas para una cadena de hoteles. O de restaurantes, eso no lo decido. No se le nota en la valija, tampoco. Me queda la duda.
Veinte metros antes de llegar a Santa Fe escucho una voz joven sin ver todavía de dónde sale. Es una mujer y está haciendo un reproche. Ya se entiende mejor. Le está diciendo a Matu que así no quiere. Que van veinte veces que le promete que la va a cortar, pero basta que ella un día quiera hacer algo para que él le ponga esa cara. Matu pregunta qué cara, y ella le dice que esa misma que está poniendo ahora. Paso junto a ellos, están en la entrada de otro edificio pero desde unos metros no se los veía. Ya me parecía que no podía ser que no hubiera nadie en toda la cuadra. Mientras Matu protesta porque él no está poniendo ninguna cara y en todo caso esa es la única que tiene, en lo que supongo va a ser la frase que graben en su lápida mañana a la mañana, llego a la esquina. Estoy por cruzar, pero antes dejo pasar un taxi que dobla. En el acto me imagino que es el que viene a buscar a la rubia que es la madre de la analista catalana. Buen viaje, señora.
Doblo por Santa Fe hasta Scalabrini, y me pongo a pensar en el blog. Es terrible cómo me ha asaltado la falta de imaginación, pero no se me ocurre absolutamente nada para postear. Se ve que Facebook me ha secado el cerebro. En fin...

miércoles 14 de octubre de 2009

Frases que valen más que un post...

Aquellos dispuestos a sacrificar sus libertades esenciales a cambio de comprar una momentánea seguridad, no merecen ni la seguridad ni la Libertad.


Benjamin Franklin.

viernes 9 de octubre de 2009

Obama, el Nobel de la Paz y Michael Moore

Barack Obama acaba de recibir el premio Nobel de la Paz. En el sitio web de Michael Moore se publicó esta carta que fija su posición:


Congratulaciones, Presidente Obama, por el Premio Nobel de la Paz - ahora por favor gáneselo! 

Querido Presidente Obama,

Qué sobresaliente es que Ud. haya sido reconocido hoy como un hombre de paz. Sus tempraneros y veloces pronunciamientos (usted cerrará Guantánamo, usted traerá a casa las tropas de Irak, usted quiere un mundo libre de armas nucleares, usted admitió a los iraníes que derrocamos a su presidente electo democráticamente en 1953, usted dio un gran discurso al mundo islámico en El Cairo, usted eliminó palabras inútiles como "La guerra contra el Terror", usted terminó con la tortura) han hecho que el resto del mundo se sienta un poco más seguro considerando el desastre de los ocho años pasados. En ocho meses usted ha dado un giro de 180 grados y puesto a este país en una dirección mucho más sana.

Pero...

La ironía de que se le haya dado este premio en el 2º día del noveno año de la que rápidamente se está volviendo su Guerra en Afganistán no ha pasado desapercibida para nadie. Está ahora ante una encrucijada. Puede escuchar a los generales y expandir la guerra (lo que sólo resultará en una muy previsible derrota) o puede declarar terminada la Guerra de Bush, y traer las tropas a casa. Eso es lo que un verdadero hombre de paz haría. 

No hay nada malo en que usted haga lo que el anterior muchacho no pudo hacer - capturar al o a los responsables por el asesinato masivo de 3.000 personas el 11 de septiembre. PERO NO PUEDE HACER ESO CON TANQUES Y TROPAS. Está persiguiendo a un criminal, no a un ejército. Usted no usaría un cartucho de dinamita para liberarse de un ratón.

Los Talibanes son otro tema. Ese es un problema que la gente de Afganistán debe resolver - así como nosotros lo hicimos en 1776, los franceses en 1789, los cubanos en 1959, los nicaragüenses en 1979 y el pueblo de Berlín Este hizo en 1989. Una cosa es cierta para todas las revoluciones de la gente que quiere ser libre - y es que en el final ellos mismos tienen que conseguir su libertad. Otros podrán apoyarlos, pero la Libertad no puede ser entregada desde el asiento delantero del Humvee de otro. 

Usted debe terminar con nuestra participación en Afganistán ahora. Si no lo hace, no tendrá más opción que devolver el premio a Oslo.

Sinceramente suyo, 

Michael Moore

MMFlint@aol.com

MichaelMoore.com

P.D.: Sus opositores se han pasado la mañana atacándolo por traer su buena voluntad a este país.  Por qué odian tanto a los Estados Unidos? Yo siento que si usted encontrara la cura para el cáncer esta tarde, ellos lo denunciarían por destruir la libre empresa obligando a los centros de tratamiento del cáncer a cerrar. Hay quienes dicen que usted no ha hecho nada todavía para merecer este premio. Por lo que a mi respecta, el simple hecho de que usted se haya ofrecido a caminar por un campo minado de odio y trate de deshacer el irreparable daño que el último presidente hizo no sólo es apreciado por millones, sino que es un acto de auténtica valentía. Por eso le han dado el premio. El mundo entero depende de los Estados Unidos - y de usted - para literalmente salvar este planeta. No los defraudemos. 

domingo 27 de septiembre de 2009

La mujer de sus sueños

A los 34 años recién cumplidos, Rodolfo había renunciado a la búsqueda de compañía femenina estable. Un par de experiencias fracasadas, incómodas y dolorosas, lo habían llevado a la convicción de que era preferible apuntar a encuentros casuales, acaso dispersos y ciertamente menos comprometidos. Y en lo posible, con diferentes compañeras. Alternando entre salidas gastronómicas, algún que otro recital, un cine o teatro de vez en cuando, bares con música y alcohol la mayoría de las veces; y en lo posible culminando cualquiera de esas variantes con una buena velada de sexo. Rodolfo tenía un buen trabajo, una respetable facha, auto nuevo, depto bien decorado - resabio de una de las relaciones terminadas - con balcón terraza, y además era simpático, buen conversador y entrador. Así que las revolcadas entre los yuyos, como hubiera dicho Dolina, estaban a su alcance regularmente.

Pero pasado un tiempo, la cosa empezó a no satisfacerlo. Desde que había instalado el identificador de llamadas, en varias ocasiones había decidido no atender y quedarse mirando una película por televisión antes que iniciar el trámite de salida con alguna de las integrantes del elenco actual. Empezó a sentir la rutina de no tener rutina. En definitiva, hacer siempre lo mismo con una sola o con cinco distintas terminaba siendo igual de reiterativo y aburrido.
Una de esas noches en las que decidió no salir, se acostó temprano. Y fue la primera vez que soñó con ella.
En ese momento no supo su nombre. En la mitad del sueño ella salió del baño usando una camisa de él y se metió en su cama. En ese estado indescriptible en el que uno entiende que está soñando pero sigue adelante sin despertarse, la abrazó y disfrutó como hacía mucho no lo hacía con una mujer real. Sin imaginar siquiera lo que le esperaba.
La presencia de Carolina - porque se llamaba Carolina - en su vida empezó a hacerse frecuente, siempre en los sueños. Pero éstos empezaron a diversificarse, y ya no se limitaban a encuentros eróticos, sino que compartía con ella salidas como con cualquier persona real. Su relación empezó a cobrar una dimensión que no terminaba de entender, pero le encantaba. Y recién tuvo una pista cierta de lo que estaba pasando gracias a la película de Darín.
Una noche soñó que iba con Carolina a ver "El secreto de sus ojos". Soñó la salida completa, desde que la pasaba a buscar, todo el tiempo del cine, y las copas y el sexo en su casa después. Se despertó feliz. Y ese sábado, unos amigos lo llamaron porque les sobraba una entrada para ver la película. Sonrió por la coincidencia, y se prendió, porque en realidad no la había visto. Y se quedó sin sonrisa cuando, una vez en el cine, se dio cuenta de que la película era exactamente como él la había soñado, sin un segundo de diferencia, tres días atrás. En la cena con ellos estuvo raro pero no se animó a explicar nada. A la noche soñó de nuevo con Carolina, y en el sueño la vio levantarse temprano y salir de la pieza. Y cuando él se levantó, pasadas las 11 de la mañana, encontró el desayuno preparado en una bandeja sobre la mesa.
A partir de ese momento, la presencia de Carolina en su vida se volvió tangible y desconcertante. Cuando soñaba con ella lavando ropa, al levantarse encontraba esa ropa tendida en el lavadero y secándose. Si en el sueño ella cocinaba, en el freezer aparecía al otro día lo que ella había preparado. Si él le encargaba en el sueño que le llevara las zapatillas a arreglar, al volver del trabajo encontraba en la mesita de noche el ticket de la zapatería. Carolina era la pareja perfecta, la que más placeres le había proporcionado de todas las que tuvo, y eso incluía en un plano muy relevante el aspecto del sexo. Y todo sin darle jamás un motivo de queja o disgusto, o plantearle la menor exigencia. Pero el problema era que no existía. Bah... no existía? O sería mejor decir que existía de un modo muy especial, en un universo al que sólo se podía acceder durante el sueño...? Y, después de todo... qué importaba, si el resultado era el mismo...?

Rodolfo empezó a darse cuenta de que se había enamorado de Carolina más que de ninguna otra mujer, real o ficticia, que hubiera conocido. Le bastaba dormirse para encontrarla. Y junto a ella, en sus sueños, recorrió los mejores restaurantes, fue de vacaciones a los sitios más maravillosos, bailó en los más exclusivos boliches y disfrutó del paraíso en la Tierra en todo lo que se refiriera al sexo. Su vida se fue amoldando de tal manera a esto que salía lo antes posible del trabajo, comía algo rápido - por lo general lo que encontraba preparado en la heladera o en el horno - y se acostaba cuanto antes para empezar a disfrutar de su presencia maravillosa. El padre de una amiga, psiquiatra, le había dado recetas para unas pastillas que lo hacían dormir 12 horas seguidas. Y los viernes a la tarde se encerraba, con las pastillas a mano, para disfrutar de fines de semana increíbles junto a ella. Cuando llegaba a la oficina el lunes y le preguntaban el origen de su tono bronceado, por ejemplo, inventaba paseos por el río junto a ex compañeros de colegio. Nunca dijo que se había ido a Cariló el fin de semana con ella sin haber salido de la cama...

Rodolfo fue un tipo feliz durante once meses. Hasta ese domingo a la mañana en que se despertó agitado, sobresaltado, angustiado y sin poder recordar lo que había soñado. Saltó de la cama y corrió descalzo a la cocina. El desayuno no estaba. Y en su lugar estaba el llavero de Carolina, apoyado sobre una nota manuscrita. Se sentó en la banqueta, mientras sentía que el corazón se le encogía y el frío del mosaico en los pies le pasaba al alma. Y leyó.

"Rodo, no puedo más seguir así. Te adoro, pero esto me está matando. Ya no sos el tipo del que me enamoré. Parecés un viejo, te pasás todo el día durmiendo. No me busques. Besos. Caro."
 
    

viernes 25 de septiembre de 2009

El día 20 de agosto, hace apenas más de un mes, subí un post.

En él hablaba de un episodio en el que habían matado a una chica de 17 años en un supuesto intento de robo. 

El 20 de agosto, a las 22.43, dije esto en un comentario:  "Me voy a arriesgar a quedar como un idiota, pero como ya otras veces me pasó, me juego. Por alguna extraña razón, algunas veces leo o veo por TV una noticia de la que no sé nada, y SIENTO que algo no me cierra. Hace poco me pasó con un viudo desconsolado que lloraba a su mujer asesinada. A la semana estaba preso y confesaba que había sido él el asesino.
En este caso tengo el pálpito de que en unos días va a resultar que ni lo querían asaltar, ni las supuestas armas eran reales. Porque en un caso así, un tipo de las fuerzas de seguridad que se defiende no tira a matar si no le han tirado antes. Acuérdense de que esto es más gatillo fácil que defensa propia. Y que armó todo el circo cuando se dio cuenta de lo que había hecho..."

Hoy, el mismo diario publica lo siguiente:

Falta de mérito para la joven que quiso robar a un prefecto en Villa 31
Una joven acusada de haber intentado asaltar, junto con una compañera, a un prefecto en un sangriento episodio en la Villa 31 de esta Capital, fue beneficiada con la falta de mérito.

Se trata del episodio ocurrido el 
19 de agosto pasado, cuando el suboficial de la Prefectura Luis Luque, presuntamente víctima de un asalto por parte de dos mujeres, disparó contra ambas, mató a una e hirió a la otra.

El juez de instrucción Daniel Turano dispuso el 3 de setiembre pasado la "falta de mérito" de Luque, pero postergó la decisión sobre 
Gianina Lobos, de 21 años y embarazada, porque resultó herida y sólo pudo declarar varios días después del hecho y de los posteriores hechos de violencia que le sucedieron.

Ahora, el juez Turano adoptó idéntico criterio con Lobos: 
le dictó falta de mérito, una figura que establece que no hay pruebas suficientes para procesarla, pero tampoco para esvincularla de la causa, por lo cual virtualmente dispone profundizar la investigación.

En el hecho resultó 
muerta la adolescente Mabel Guerra, de 17 años, cuando en un confuso episodio presuntamente interceptó el vehículo del prefecto con la supuesta intención de asaltarlo munidas de armas artesanales, de las comúnmente denominadas "tumberas".

El 
prefecto disparó contra ambas y argumentó que lo hizo en "legítima defensa", pero los habitantes de la villa sostienen que se trató de un caso de gatillo fácil.

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Si en un caso como este se dicta falta de mérito, es porque no existen armas tumberas, ni de ningún otro tipo, ni hay un solo elemento que permita implicar a la sobreviviente en una tentativa de robo. Por ende, no hay legítima defensa de nada. Hay un asesino al volante, al que el Estado le dio un arma, y por miedo la usó tirando a matar contra dos chicas que se le acercaron. 

En algún momento, Jorge Köstinger - amigo de estos territorios blogueros - dijo algo que me impresionó muchísimo: "De la noticia, lo que más me duele es oir un murmullo nacional entendiendo al monstruo por anticipado, "porque así no se puede vivir". Y cuando así no se puede vivir, mejor -por las dudas- es tirar a matar."

A veces es bueno darse cuenta de que uno entiende su país y su sociedad. Otras, como en este caso, es doloroso.





miércoles 16 de septiembre de 2009

Selección Nacional: la culpa la tiene Menem

Esto lo publiqué como nota en Facebook, y dos amigas me sugirieron que lo trajera al blog. Y como yo nunca le digo que no a una mujer, acá está...


No es mi intención postular que sea de la rata inmunda la responsabilidad de que Heinze siga jugando. Ni tampoco que a él se deba que Messi no logre gambetear a defensores de inferior nivel a los que suele enfrentar con el Barça y dejar en el camino de a media docena. No, es algo más de fondo.

Siempre sostuve que es absurdo hablar de la violencia
del fútbol. La violencia es de la sociedad. Y en una sociedad violenta, o al menos integrada en buena parte por violentos, se ven afectadas todas las expresiones que lo permiten. Y se hace violento el fútbol, y los recitales de grupos de rock, y las manifestaciones de ahorristas y los cacerolazos de señoras de clase media enojadas por las retenciones a la soja y las carteras de Cristina. Y son violentos los comentarios de las noticias en los diarios, plagados de gente que quiere matar, quemar, castrar o eliminar barrios enteros porque son todos negros de mierda criminales, violadores y asesinos.
Del mismo modo, creo muy poco probable que un tipo que encuentre placer en Brahms tenga un Dodge 1500 con escape libre y llamas pintadas en el capot, o se vista con un pantalón violeta y camisa dorada, como acaso sí lo haga quien prefiera a Damas Gratis. El buen o mal gusto suele contagiarse a las diversas facetas de la personalidad. Lo que uno es se manifiesta en lo que hace. En TODO lo que hace.

El argentino medio es individualista. Y carece de un sentimiento colectivo. En el resto de América latina nos tienen muy poca simpatía porque creen que somos agrandados. Y es cierto, pero no como ellos lo entienden. No es que 
Los Argentinos creen que Los Argentinos son los mejores del mundo, no. Cada Argentino cree que ÉL personalmente es lo mejor del mundo, pero denigra a su país, se queja de que acá no se puede vivir y sueña con irse a cualquier lado. No todos, ya lo sé. Pero muchísimos. Se consideran dignos de otra realidad, de no padecer inseguridad, de no correr riesgos en sus propiedades o sus afectos porque no creen tener responsabilidad alguna en las circunstancias que generaron esas amenazas.
Esto es algo innato, genético e histórico. Sería injusto suponer que el hecho de ver la vida como un acto individual y no colectivo sea un invento de Menem. Pero lo que sí es cierto es que nunca como bajo su mandato se ensalzó y alentó tanto esa concepción nefasta. Corríamos a Miami y Bahamas a comprar porquerías, felices de la vida. Competíamos por el bienestar individual y la posesión de electrónica, sin importarnos que medio país se hundía en el hambre y la marginación. Nos empezábamos a poner en la mente las rejas que, años más tarde, deberíamos colocar en las casas como consecuencia de esa misma actitud. Con pocas y honrosas excepciones, el pan y el calor que nos preocupaba mantener era el de puertas adentro. Los demás... son de palo. No son MI problema. Que se arreglen. Y la prensa canalla nos repetía que el Estado es malo, lo público es malo, lo privado es el paraíso terrenal. 

Eso, hoy - y voy al objeto de la nota - se lo reprochamos a Maradona y a Messi & Co. No hay equipo. No tienen juego colectivo. No se unen para buscar un objetivo, no suman esfuerzos, no hay un plan conjunto, todos son arrestos individuales, separados, desconectados. Siendo grandes jugadores, dotados de una capacidad indiscutible, son superados por equipos inferiores pero organizados, compactos, sólidos, que se complementan, se ayudan y piensan colectivamente.
Todo es cierto. Pero no es una maldición divina ni un hecho meramente futbolístico, no. Jugamos como vivimos. Porque como alguna vez dijo Pancho Ibañez (según Adolfo Castelo, el único ser humano que planchaba la raya de los jeans...), todo tiene que ver con todo. 

viernes 11 de septiembre de 2009

El futuro de Miguel

El ruido del despertador le partió la cabeza. Manoteó la mesa de luz y lo paró. Tardó algunos segundos en poner la mente en claro. "Son las 7 y media, es martes, tenés que levantarte para empezar el nuevo laburo". Mierda...

Se sentó en la cama y vio que por las rendijas de la persiana entraba luz. Mejor, no hay cosa más horrible que salir y que sea de noche. La levantó y vio que el día estaba soleado y claro. Sonrió. 
Mientras se bañaba se acordó de las preguntas del médico el día anterior, cuando lo revisaba para darle el ok y que empezara a trabajar. Primero no se convencía mucho de que la cicatriz en el brazo era por una caída haciendo skate, pero al final se rió y aceptó. Se convenció de que no andaba en la falopa ni en ningún grupito de malandrines juveniles. Ya estaba acostumbrado. Ser un poco más morochito de lo habitual nunca había sido una ventaja, precisamente.
Bueno, pero ya estaba. Le había costado unos cuantos meses, pero por fin tenía un trabajo un poco más decente. Es cierto, iba a tener que seguir sirviendo café; pero una cosa era hacerlo en un bodegón inmundo del barrio y otra en una consultora importante en pleno centro. Aparte, acá no era sólo eso, le habían dicho que le iban a dar algunas tareas administrativas simples para empezar a probarlo, y eso le gustaba. Y aún con el gasto de subte y tren, le iba a quedar bastante más plata de la que venía ganando, porque las propinas eran pocas y cada vez menos...
Si se ordenaba un poco, en cinco o seis meses iba a poder comprarse una motito usada, por lo menos. O a lo mejor hasta algún auto viejo medio destartalado, pero arreglable. Para eso seguro que el viejo y el hermano le iban a dar una mano, más el viejo que estaba sin laburo y se pasaba el día aburriéndose frente a la tele. Y ya con la moto o el auto, y un sueldo fijo, la iba a encarar en serio a la María, que más de una vez se le había escabullido medio entre risas y cachetaditas sin ganas, pero que en el fondo él sabía que era porque lo veía como un tiro al aire sin futuro.
Futuro... palabra que lo perseguía, esa. Hacía rato que la vieja lo venía amenazando con que si no terminaba el colegio no iba a tenerlo. Bueno, ahora ya estaba, había dado libres las tres que le habían quedado colgadas y tenía su título. Y la verdad es que a lo mejor tenía razón... cuando llenó la solicitud por primera vez puso "completo" y sintió como si fuera un graduado de Harvard, mínimo...
Si, por ahí el futuro pintaba mejor ahora. Y bueno, era cuestión de cuidarlo. Hacer las cosas bien, mostrarse dispuesto, ser puntual, limpito, demostrar que quería aprender y tenía la capacidad... jugarse a que en esta ocasión las cosas se encarrilaran y pudiera hacer un poco de carrera. Dejar de confiar en la suerte, en definitiva, y esforzarse verdaderamente con ganas. Al fin y al cabo, había escuchado más de una vez que al futuro hay que hacerlo uno mismo con su dedicación y sus ganas. Era la ocasión de ver si eso era cierto.
Tenía que entrar a las ocho y media. A las ocho y veinte de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001, Miguel bajó del subte y tomó el ascensor en la torre Norte, hasta el piso 73. Empezaba a construir su futuro.