sábado 24 de mayo de 2008

Dando una mano



El Negro era una institución en el barrio. No era un tipo viejo, debía rondar los 45 años, pero había estado ahí siempre, sin faltar un solo día.
Los más viejos lo habían conocido desde que nació, y desde antes lo conocían al Gordo Mario, su viejo. Al Gordo lo había querido todo el mundo, era como de la familia de todos. Uno de esos personajes de pueblo o de barrio, que siempre está para ayudar a la señora que llega con muchas bolsas del mercado, o para hacer fuerza si hay que empujar porque otra vez la porquería que alguno usa de auto se quedó sin batería. Vivía en una de las casas más viejas de toda la zona, que en el frente tenía un local. El almacén del Gordo.

El Pardo Juarez, comisario legendario que se cagaba a tiros en la primera esquina si hacía falta, se había hecho olímpicamente el boludo cuando el Gordo, demasiado pesado para seguir parado atrás del mostrador del almacén, empezó a pasarse las tardes sentado en la vereda primero, y en el bar de Joaquín después, levantando quiniela. Y nunca le pidió un mango para dejarlo laburar. El Gordo se había ganado el derecho a una vejez tranquila con tantos años de buen tipo.

Ya en esa época el Negro había empezado a laburar en el almacén. Primero al lado del Gordo, después solo. Cuando al Gordo Mario los kilos le aplastaron el corazón, en la casa de velatorios se juntó más gente que cuando murió el intendente. Con la diferencia de que todos los que estaban en el velorio del Gordo lo habían querido…

El Negro había hecho milagros con el almacén. Le habíamos pronosticado un final inminente cuando abrieron un Coto a tres cuadras, pero el Negro siempre dijo que a él el Coto lo iba a joder el día que las cajeras saludaran a cada uno por el nombre y le preguntaran cómo andaban del reuma o qué tal le había ido a la nena en el examen de ingreso. Y debía tener razón, porque siempre tenía gente. Y nada de tarjetas, tickets ni ningún medio de pago raro. Con el Negro era fácil: tenías guita, le pagabas. No tenías, te anotaba en una libreta y le pagabas cuando pudieras. Difícil tener problemas con un tipo así.

Nos enteramos de que la mujer del negro no era muda una Navidad, cuando le dijimos “Feliz Navidad, señora” y contestó “Gracias, igualmente”. Casi nos morimos, salimos todos cagándonos de risa porque en diez años era la primera vez que le escuchábamos la voz. Mina rara, vivía a la sombra del Negro, casi ni sacaba la nariz a la calle. Cuando lo acompañaba a algún lado (cumpleaños de una tía, locro del 25 de Mayo en el club) por lo general ni se notaba su presencia. Estuvieron casados como veinte años, más o menos. Un día alguna de las señoras comentó que la había visto muy flaca y ojerosa. Nadie le dio demasiada trascendencia. Pero al poco tiempo empezó a vérselo al Negro medio raro, menos jodón que de costumbre. Ese mes hubo un par de tardes que abrió como dos horas después de lo habitual. Cuando le preguntaron, dijo dos o tres cosas diferentes de por qué había sido. Y a la otra semana empezó a laburar en el almacén un flaquito al que le decían Lástima. El Negro se rajaba por ratos cada vez más largos, hasta que una mañana pasó lo que ya nos imaginábamos, y el almacén no abrió. El cartelito “Cerrado por duelo” no hizo sino confirmar lo que todos nos veníamos palpitando.
No hubo velorio. Parece que la cremaron directamente y nadie preguntó demasiado. El almacén cerró un par de días, y cuando abrió el Negro estaba distinto, como ausente. Se reía poco, ni preguntaba por la familia de los clientes y daba la impresión de estar enormemente triste.

En esos días fue cuando vimos que el Pitu, el más chiquito de los tres varones del Rulo, iba a la casa del Negro al mediodía, justito cuando cerraba el almacén. Primero pensamos que lo habían mandado a comprar algo de última hora, pero después nos llamó la atención que prácticamente iba todos los días. El Pitu tenía cinco años, el Rulo era como un hermano para el Negro y el Negro era un tipo intachable. Nadie tuvo miedo de nada raro, pero nos agarró curiosidad. Así que empezamos a controlar un poquito, y cuando nos dimos cuenta de que iba todos los días, se lo dijimos al Rulo. Ni se había avivado, el marmota. En cuanto vio que era en serio y que lo habíamos notado varios, lo mandó llamar al Pitu. El pendejo vino y nos miró como sin entender qué había hecho, y el Rulo le dijo:


- Decime Pitu… es cierto que vos vas todos los días a la casa del Negro cuando cierra el almacén?
- Sí, papá.
- Y para qué vas, vos…?

El Pitu se puso colorado y miró al piso. Nosotros nos miramos. Y antes de que le volvieran a preguntar, el pibe, sin levantar la vista, dijo:

- Voy a ayudarlo a llorar al Negro…

lunes 19 de mayo de 2008

Por lo menos, que no sea una de estas...


En un post anterior, hice mención a mi temor a morir de una manera boluda. De hecho no sé si hay maneras inteligentes de morir, pero ciertamente hay algunas que por lo menos parecen más dignas. Si te mata un auto, no es lo mismo que te atropelle una Ferrari de F1 que pierde el control a 360 km/h en el túnel de Montecarlo, a que te aplaste el Rastrojero que levanta los perros muertos en el ramal Tigre de la Panamericana…
Lo cierto es que me puse a buscar un poco por Internet – mitad curiosidad y mitad para postear pese a las pocas ganas de pensar – y recolecté unos cuantos casos que merecen integrar un inventario de muertes... absurdas, por lo menos. Risueñas, algunas. Una es mentira, está para los amigos. Las otras se supone que son ciertas.
La última se las recomiendo. En el tema de Silvio Rodríguez “Unicornio”, la idea era que para cada oyente el unicornio azul que se perdió fuera algo diferente: un amor, la niñez, la felicidad, alguna cosa muy querida…
Si lo pensamos de ese modo, y reemplazamos la luna de Li Po por nuestra propia luna, no estoy demasiado seguro de que no sea una muerte hermosa y que valga la pena…

Muerte por barba
El austríaco Hans Steininger supo ser famoso por tener la barba más larga del mundo (de casi un metro y medio) y por morir a causa de ella. Un día de 1567 hubo un incendio en su ciudad y en la huida Hans se olvidó de enrollar su barba, la pisó, perdió el equilibrio, tropezó y se rompió el cuello.

Muerte por aguantar las ganas de hacer pis
El noble y astrónomo danés Tycho Brahe tuvo que aguantarse las ganas de ir al baño durante un banquete particularmente extenso en 1601 (levantarse en medio de una cena era considerado como algo realmente ofensivo), a tal punto que su vejiga, llevada al límite, desarrolló una infección por la que murió. Análisis posteriores sugirieron que Tycho murió en realidad por envenenamiento con mercurio, pero esa conclusión no es tan interesante como la historia original.

Muerte por falla de sobretodo con paracaidas
En 1911, el sastre francés Franz Reichelt decidió probar su invención, una combinación de sobretodo y paracaídas, saltando de la Torre Eiffel. Les dijo a las autoridades que utilizaría un muñeco, pero a último minuto decidió probarlo él mismo. Su invento no funcionó.

Muerte por basura
Homer y Langley Collyer eran archivistas compulsivos. Los dos hermanos tenían miedo de deshacerse de cualquier cosa, y coleccionaron obsesivamente diarios y otras basuras en su casa. Incluso prepararon trampas en los corredores y puertas para protegerse de los intrusos. En 1947, una llamada anónima denunció que había una persona muerta en la casa de los hermanos, y después de encontrar muchas dificultades para entrar, la policía descubrió muerto a Homer Collyer; a su hermano Langley no se lo veía por ningún lado. Dos semanas más tarde, después de sacar cerca de 100 toneladas de basura del departamento, finalmente encontraron el cuerpo de Langley Collyer parcialmente descompuesto (y comido por las ratas), apenas unos metros más allá de donde habían encontrado a su hermano. Aparentemente, Langley había estado gateando a través de túneles entre pilas de diarios para llevarle comida a su paralizado hermano cuando se disparó una de sus trampas. Días después, Homer murió de hambre.

Muerte por cactus
En 1982, un joven de 27 años llamado David Grundman y su compañero de cuarto decidieron salir al desierto a cortar cactus a base de disparos. El primero fue un cactus pequeño, que cayó al primer disparo. Envalentonado por su éxito, la siguiente presa de Grundman fue un enorme cactus saguaro, de 7 metros de alto, probablemente de 100 años de edad. El disparo le sacó un gran pedazo, y el cactus cayó sobre él y lo mató.

Muerte por ahogamiento en una fiesta de guardavidas
En 1985, para celebrar su primer año sin tener que lamentar ningún ahogado, los guardavidas del departamento de recreación de Nueva Orléans decidieron hacer una fiesta. Cuando la fiesta terminó, un invitado de 31 años llamado Jerome Moody fue encontrado muerto en el fondo de la pileta del lugar.

Muerte por Polo rojo
En algún momento del 2007, un individuo que habitaba la ciudad de Buenos Aires, Argentina, subió a una autopista para dirigirse al Aeropuerto. Por razones que no lograron ser explicadas por la investigación, se detuvo en medio de la lluvia para proferir un
grito al costado de su vehículo. En esas circunstancias fue atropellado por un vehículo que circulaba a gran velocidad. Esto generó muchísimos comentarios en un blog de cuarta que anda por ahí.

Muerte por imitacion
En 1991, una mujer tailandesa de 57 años llamada Yooket Paen estaba caminando por su granja cuando se resbaló en bosta de vaca, se agarró de un cable y se electrocutó hasta morir. Poco después de su funeral, su hermana les estaba mostrando a unos vecinos cómo había sido el accidente cuando ella también se resbaló, se agarró del mismo cable, y murió igual que su hermana.

Muerte por oveja
En 1999, una mujer inglesa de 67 años, Betty Stoobs, llevaba un paquete de heno en la parte de atrás de su motocicleta para alimentar sus ovejas. Aparentemente, las ovejas estaban muy hambrientas. Cuarenta de ellas cargaron hacia el heno y tiraron a Stoobs por un acantilado. La granjera sobrevivió a la caída, pero murió cuando la moto cayó encima de ella, empujada también por las ovejas.

Muerte por abrazar el reflejo de la luna
El poeta chino Li Po es considerado uno de los dos más grandes de la historia literaria china. Era muy conocido por su amor al licor y se sabe que escribió muchos de sus grandes poemas mientras estaba borracho. Y en ese estado se encontraba la noche en que cayó de su bote y se ahogó en el río Yangt-ze al intentar abrazar el reflejo de la luna en el agua.

sábado 17 de mayo de 2008

Cuadro de resultados

El post anterior tuvo unos cuantos comentarios. Algunos compartiendo sentimientos, otros alentando para que fuera menos duro, otros dando consejos sobre la mejor manera de sobrellevar esta sensación.

A todos les agradezco las excelentes intenciones. Y repito lo que dije allá, no crean todo lo que leen. El malestar y la angustia estuvieron, pero no son la situación actual.

No obstante, siempre me quedó una sensación especial con relación a este asunto, que fue una parte muy específica y muy intensa de mi vida. La cosa es que yo nunca hubiera dudado sobre lo que correspondía hacer si se tratara de un amigo. Y se lo hubiera dicho muy claramente. Y cuando lo hablé en terapia, el pobre Rodrigo se desorientó, porque lo habitual hubiera sido que su ayuda me sirviera para descubrir las raices de mi problema... y yo en cambio las tenía clarísimas.

Lo que pasaba era, para mi, claramente una adicción. Como el que sabe que el alcohol o la cocaína le hacen mal y lo están matando, pero no las deja. Claro, me dirán que justamente esa es la característica de la adicción: no poder abandonarla. Pero esto era peor. Yo no sólo no podía apartarme: no quería intentarlo. Y ojo, eh... soy lo menos masoquista que exista, a veces me paso para el otro lado. Me encanta estar bien, disfrutar, odio el dolor y la pena, trato de ver siempre "The bright side of life", como en la maravillosa escena de Life of Brian...

Con el tiempo, lo logré. O lo logró el tiempo, para qué engañarme. Hay cosas que nunca se olvidan ni se dejan de añorar o querer, pero eso ni es malo ni me preocupa. Lo que sí debe conseguirse es no perder la perspectiva, y situar las cosas en un punto medianamente racional. Uno mismo debe estar en armonía, lo primero es eso. Después, no está para nada mal que otra persona sea lo más importante de tu vida. Lo que sí está mal es que sea lo único importante...

Una de las cosas que me dejó claras esta etapa fue que si algún día lograra descubrir un mecanismo que permitiera establecer un control del cerebro sobre el corazón (entendido no como músculo sino como morada de los afectos y el amor) pasaría a la historia como benefactor de la humanidad, y me llenaría de oro. Dolina dice que uno de los mayores y más comunes dramas de la humanidad podría resumirse en la fórmula "A ama a B, mientras que B ama a C". Es cierto. Sería genial poder manejarlo a ese coloradito de la zurda haciéndole entender que si B no nos da bola, conviene dejarla pasar y salir a buscar a D, E, F o G... pero andá a convencerlo.

Mientras tanto hay que apechugarla, tratar de no entregarse al alcohol ni a la depresión, no ver a Tinelli (eso porque es una cagada, no porque tenga que ver), escribir poesías que nadie jamás leerá, descubrir el tango que nunca está de más si no lo han hecho, e intentar aumentar un poquito el área ocupada en la ilustración de la derecha...

martes 13 de mayo de 2008

Martes 13, otoño, viejas melancolías...

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Yo sé que el fuego quema. Lo aprendí de chiquito. Por consiguiente, evito tener contacto con la llama.
Para no quemarme, y no sentir el dolor que trae aparejado la quemadura.

Yo sé que el tabaco hace mal. En diferentes niveles, pero mal.
Y que como contrapartida no hay nada positivo que se pueda decir de su consumo.
Y por eso, no fumo. Porque me sentiría tonto.

Yo sé que hay límites a la resistencia física.
Y que lo que en justa medida puede ser un ejercicio saludable, si se exagera puede causar daños. Y me cuido.

Yo sé que si hace frío hay que abrigarse. Y que no hay que estar al sol a mediodía.
Y que aún cuando a veces me pase de rosca, no debo abusar del alcohol.
Y sé mirar para los dos lados al cruzar, y usar el cinturón de seguridad,
y no pasar en rojo los semáforos ni meterme en medio de un tiroteo.
Y no hago ninguna de esas cosas, para seguir a cubierto de los daños.

¿Me querés explicar por qué carajo, entonces, si sé que sos el mayor de los peligros;
si sé que me podés quemar más que una llama, matar más rápido que el tabaco,
agotar mi resistencia hasta eliminarla, congelarme el alma, abrasarme el corazón,
embriagarme, atropellarme, fusilarme…
Por qué, de vos, no sólo no me alejo; sino que te busco con desesperación, en cada lugar y en cada instante…????

sábado 10 de mayo de 2008

Para qué toman si les hace mal...

Hace un tiempo ya que decidí aceptar algunas de mis limitaciones, y sincerarme conmigo mismo. Y por otro lado, trato de aplicar cierta lógica a las cosas que hago.

Una conjunción de ambos factores me llevó a que en el free shop del Buquebús desdeñé los aromas de Kenzo, Ralph Lauren y Davidoff, que aparte estaban casi tan caros como en tierra; y me concentré en otros líquidos que me resultan mucho más interesantes, y casualmente estaban bastante más acomodados. De modo que el modesto barcito que recibe a las visitas en mi living incorporó algunos nuevos miembros: los infaltables primos Justerini & Brooks, el Havana Club que llevaba ausente un par de meses, un ignoto Bouchard Napoleón que sorprendió por el bajo costo siendo auténticamente francés, el Borghetti que descubrí hace un tiempo y me hace ahorrar en Kalúa.
Sumado eso al desastre de River, que dejó al Exxon Valdez a la altura de un charquito en el baño al salir de la ducha; las cosas estaban dadas como para celebrar el regreso a Buenos Aires (de la que me fui con humo y volví con cenizas) con uno de aquellos pedalines memorables, que además ayudara a dormir unas cuantas horas seguidas porque, por suerte, durante mi ausencia el sueño fue un artículo casi inexistente.
De modo que arrojé bolso, mochila y paquetes en el suelo (shame on me, siguen ahí... vago miserable), le pegué una ojeada a los blogs más íntimos, realicé mis mejores esfuerzos para levantarle un poco el ánimo por chat a una muy querida amiga que me había precedido por algunas horas en tan noble emprendimiento; y procedí a realizar una exagerada degustación de mis nuevas joyas de la corona, mezcladas arbitraria e imprudentemente con algunas de las tradiciones más relevantes de esta morada, por caso el Arak Touma, un anís del Líbano que me hace sentir un jeque aún en los peores momentos.
El alcohol, en líneas generales, tiene en mí múltiples efectos. Uno es - obviamente - el derribar límites. Otros son de índole intestinal y obviaré toda referencia a ellos, tan poco glamorosos. Un tercero es provocarme un pesado pero breve sueño: caigo como fusilado, pero rara vez duermo más de tres horas si me acosté pasado de copas. Y el cuarto es generar sueños delirantes.
No fue esta la excepción, por supuesto.
De modo que en una extraña sucesión que referiré en la medida en la que lo he ido recordando, me encontré en la terraza del Conrad - hotel del que acababa de volver - acompañado de una señorita que no estuvo allí y de algunos de mis compañeros que sí estuvieron. Y entre todos me ataban globos, al mejor estilo del padre De Carli, cosa que no me causaba demasiada gracia pero tampoco (ignoro por qué) era digna de una respuesta muy enérgica de mi parte. Me limitaba a protestar, decirles que era una idiotez, pero no recuerdo haber revoleado una pateadura siquiera.
Lo cierto es que un rato después estaba subiendo arrastrado por los globos, mientras por algún extraño designio para nada vinculado a la electrónica seguía escuchando sólo la voz de mi... de LA señorita en cuestión, que me juraba que iba a estar allí esperándome, mientras yo trataba de hacerle entender que veía bastante poco probable que mi hipotético regreso a tierra justamente se produjera en la misma azotea. De hecho me conformaba con que fuera en el mismo país.
No me encontré con De Carli. Pero al rato de haber cruzado las nubes, empecé a ver montones de automóviles flotando a la deriva igual que yo, atados a globos en ambos paragolpes. Y en el acto reconocí que se trataba de los de la propaganda del Ford Mondeo, en la que los dueños se deshacen de ese modo de sus viejos vehículos en Paris, Londres y otras ciudades igual de hermosas. Recuerdo que en ese momento me sorprendí, y atiné a pensar que entonces la propaganda había sido realmente filmada de este modo, y se les había hecho imposible - o acaso poco rentable - recuperar los autos, y los habían dejado suspendidos y vagando por los cielos del mundo.
El tiempo, en los sueños, es muy poco preciso. De modo que después (unos minutos, tres horas, dos días...??) comenzó a asaltarme la certeza de que estaba lejos de mi punto de partida, y ella había quedado en ese antro de cazadores que era el hotel. Comencé a preocuparme por cómo volver y ponerla a resguardo. Y cuando se empezó a hacer de noche, a mi gusto demasiado rápido, empecé a sentir angustia. Ya no era sólo volver y rescatarla... ya era el severo temor a no volver.
En ese momento me atacó uno de los miedos más antiguos que recuerdo, que es el de tener una muerte boluda. Hace muchos años, en la estación de subte de la otra cuadra murió un hombre que estaba sacando su cospel, aplastado contra la ventanilla por una pick up. A seis metros bajo tierra. La camioneta venía por Santa Fe, se rozó con otra y embocó la escalera del subte. Bajó prolijamente y lo hizo puré. Siempre me obsesionó pensar en que si, con el ruido, la vio venir, debe haber tenido un par de segundos para pensar "No, me están jodiendo, esto no puede ser...". El padre de un amigo murió porque un hueso de pollo emboscado arteramente en una pechuga deshuesada grillé le perforó la traquea y se ahogó. Esas cosas me joden: sé que me voy a morir, pero preferiría que al saberlo nadie dijera "Qué pelotudo, cómo se va a morir así...??"
Bueno, la de los globos ya sería una muerte de esa calaña. Pero si encima me pasa después de haber posteado sobre el cura brasileiro... ya sería demasiado. Yo siempre sospeché que en el Cielo hay una mesa de ángeles, santos y el mismo Dios, que a la tarde apuestan a ver quién me hace la guachada más grande, y después festejan muertos de risa y brindan por las cosas que se les van ocurriendo. Pero hasta para ellos esto era demasiado.
Tanta presión y angustia me despertó. No me volví a dormir, me levanté con dolor de espalda, de cabeza, malestar de hígado, sin globos atados y sin la fulana. Y me fui a laburar.
Lo único bueno fue que no sabía qué postear, y por lo menos salió esto...

Moraleja: tengan cuidado con lo que beben, aunque sea libre de impuestos.

sábado 3 de mayo de 2008

Sueños de Laucha

Una vez, en mi casa de Temperley, apareció una laucha en el jardín. Se escondía entre la enredadera del fondo y la pared, y a la noche bajaba. Se comía las frambuesas de una planta que teníamos, y las uvas de la parra. Y no le podíamos poner veneno por miedo a que se lo comiera la perra. Varias noches de verano la vimos, mirándonos paradita entre las plantas del fondo. A mi me resultaba simpática e inofensiva, pero teníamos hijos chiquitos y podía morderlos o ser transmisora de enfermedades.

Entonces compramos una trampera. Una jaulita con una entrada como un embudo, que adentro lleva queso o manzana. La laucha entra por ese embudo que en realidad son alambres sueltos, haciendo fuerza, y una vez adentro se cierra y no puede volver a salir. Entonces se sumerge la jaula en un balde con agua, y la laucha se ahoga. Un invento nazi, supongo.




Cayó la primera noche. A la mañana, un sábado, me levanté tempranito y la vi. Medianita, hermosa. Cara de dibujito animado, no de rata. En ese momento supe que yo no iba a poder matarla jamás, y dije que me la llevaba en el auto a un campo a unas 30 cuadras de casa y la soltaba ahí. Mi ex me dijo que estaba loco y que ella la ahogaba. Llenó un tacho con agua y la metió. Pero no era muy profundo, y colgada de la jaula la laucha llegaba a sacar parte del hocico al aire. Estuvieron varios minutos, con mi suegra, empujando la jaula con un palo. La laucha resistió heroicamente, agarrada de los alambres, peleando por su vida hasta el último segundo, aún sin esperanzas. Al final la ahogaron. Pero les costó mil veces más de lo que creían al empezar…

A veces la recuerdo, como ahora, y siento que yo soy la laucha. Que anhelo y ansío cosas que se niegan a morir aún cuando no hay esperanzas. Y lucho, y me agarro de los alambres y saco el hocico afuera y aguanto sin respirar. Como si realmente creyera que puede pasar un milagro, un súbito cambio, algo que altere destinos que parecen escritos.

Yo sé que no. Que no va a suceder. Sé que lo lógico es que ciertas ilusiones deben correr la suerte de la laucha. Que van a morir, indefectiblemente, porque las fuerzas que intentan ahogarlas son mucho mayores que las que uno puede poner para aguantar.

Pero si hay un cielo de las lauchas, esa de Temperley andará por ahí, y todas las demás la mirarán pensando que murió valiente y dignamente. Y, hasta que se ahoguen del todo, mis sueños de laucha se aferrarán a los alambres de la jaula y pasarán el hocico por los barrotes…

martes 29 de abril de 2008

No se culpe a nadie

Señor Juez:

Quiero dejar en claro que lo que habrá ocurrido para el momento en que sea leida esta nota, ha sido fruto de mi libre decisión. Nadie debe ser culpado, no deben buscarse responsables. Al menos, no entre las personas más cercanas a mí.

Tengo, a la fecha, treinta años. Lo que es, para mí, realmente mucho. Si hubiera sabido antes que a los treinta años mi realidad iba a ser la que es, seguramente hubiera tomado esta decisión mucho antes. Uno supone que a esta edad ya debe haber sentado las bases de su vida. Ciertamente, no seremos más adelante algo muy diferente de lo que hoy somos.

Yo soñaba, señor Juez, con una vida de entera libertad, en la que mis ilusiones no reconocieran límites, fueran estos laborales, morales o de cemento. Soñaba con una vida en familia, rodeado de mis criaturas, en un ambiente natural, disfrutando de esa maravilla que nos ofrece día a día el mundo. Y aquí estoy, solo, sometido a órdenes que no puedo discutir aunque me parezcan absurdas o hasta indignas, teniendo que repetir día tras día una rutina asfixiante a cambio de una mísera vivienda y un poco de comida, sin la menor perspectiva de salir de este encierro agobiante que es hoy mi realidad. Levantarme, hacer mansamente mis tareas, comer, repetirlas a la tarde, comer de nuevo y a dormir.

Señor Juez, esto no es vivir, es durar. Es mantener el tormento indefinidamente, porque como a mi patrón no le interesa perder un empleado eficiente, se preocupa por mi salud y me hace vivir sanamente y me cuida. Él, el mismo que pisotea mis sentimientos, corta mis alas y me empuja a una vida de angustia; se ocupa de que nada esencial me falte y esté en condiciones de seguir haciendo mis cosas.

Hasta aquí llegué, señor. He decidido poner fin a mi agobio espiritual, no siento deseos de prorrogar más la tristeza que mi vida me depara día tras día. En un rato estaré cumpliendo mi absurda y aplastante rutina, en un rato pondré fin a todo. En un rato me estrellaré de frente y mi espíritu, ya que no mi cuerpo, logrará al fin ser libre y digno como yo no he podido.

Orlando, 28 de abril de 2008

Sharky

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INFOBAE, 29 de abril de 2008.

Murió delfín al chocar con otro en el aire
El mamífero se encontraba realizando un show frente a cientos de espectadores. Una pirueta que salió mal le costó la vida.

"Fue un desafortunado y extraño accidente", destacó el vocero del parque temático ubicado en Orlando. Aseguró que las técnicas de entrenamiento serán analizadas.
Sharky y Tyler eran las estrellas del show de Discovery Cove. Habían sorprendido a cientos de espectadores con sus saltos, sus piruetas y volteretas. Pero, en el último día de presentación, ocurrió una tragedia. Como ya habían practicado incontables veces, los delfines saltaron del agua para cruzarse en el aire. Sin embargo, un error de cálculos le costó la vida a Sharky. Para el horror de los visitantes del parque, los cetáceos chocaron en medio de la prueba y cayeron abruptamente al agua. Su entrenadora nadó rápidamente a asistirlos, pero era demasiado tarde.
El espécimen de 30 años murió a los pocos minutos por la fuerza del impacto. Tyler resultó ileso.

viernes 25 de abril de 2008

Lo que el viento se llevó


- Padre De Carli…?

El angelito, un niño apenas, preguntó con temor. Le habían dicho que hiciera pasar al padre De Carli, pero allí no había ningún sacerdote. Apenas este hombre cuarentón vestido de motoquero o astronauta, con casco, lleno de aparatos electrónicos y con un par de globos reventados colgando de la espalda.

- Si, hijo…
- El Maestro lo espera… pase por aquí por favor.

Entraron a una habitación alucinantemente blanca. El sacerdote no se atrevió a preguntar por esa paloma que parecía despedir llamas, y directamente enfiló hacia el joven de barba que lo observaba con una sonrisa irónica.

- Maestro…
- Maestro las pelotas, De Carli… decime, vos estás loco?? Mi viejo te quiere tirar de cabeza en el infierno. No sabés lo que me costó convencerlo de que me dejara hablar un cacho con vos, antes. Flaco, qué te pasa…? Se coparon mal con la caipirinha…??
- Señor Jesús, permíteme explicarte… todo era para recaudar fondos para un hogar de camioneros…
- No, hermano, no…!! Eso dejáselo a Moyano…!!
- Es que Moyano es de la Argentina, Maestro..
- Bueno, a Lula!! O al Moyano de Brasil, como carajo se llame…!!! Te das cuenta que quedamos como tarados nosotros…?? Porque nadie dice “Un brasileño en pedo se ató mil globos en el orto y se perdió como un boludo…”. No, papá, todos dicen “Un sacerdote católico…” Me querés decir a santo de qué me como yo este garrón…??
- Maestro… todos están de acuerdo en que el catolicismo está perdiendo terreno… el otro día este Palau juntó un millón de personas en Buenos Aires, yo pensé que así podríamos…
- Podríamos qué, Antonio…?? Cuánta gente vas a juntar atándote unos globos en el culo…?? Pará, flaco…!!! Como si no tuviera bastante kilombo con el Papa, que no tiene mejor idea que juntarse con Bush, ahora me tengo que ocupar de los que se creen pajaritos… no, querido, déjense de joder…!! Organizá una rifa, una kermesse, vayan a Bailando por un Sueño… no me hagan más kilombo del que tengo…!!!!

Antonio De Carli sintió el peso de la culpa y el reproche. Si bien no había imaginado esto, ya cuando los vientos lo empezaron a arrastrar mar adentro había sospechado que la suya no había sido la más feliz de las ideas. La otra vez, sin embargo, había salido todo bien. Pero claro, eran muchos menos globos…
Puso cara de arrepentimiento y bajó la vista. Jesús seguía resoplando, visiblemente molesto. Un par de veces lo miró sin hablar. Y al final lo hizo.

- Mirá, De Carli… lo que hiciste es una cagada grossa. Y, la verdad, tendría que hacértela pagar. Pero te tengo que confesar que cuando me enteré me hiciste cagar de risa, te encontré en You Tube y con San Pedro no lo podíamos creer. Por eso, cuando supe que habías muerto te hice traer. Flaco, por esta vez vas a zafar. Pero nunca más en tu perra vida hagas otra boludez así. Ni globos, ni atarte gaviotas, ni nada que sea volar, estamos??
- Por supuesto, señor… y muchísimas gracias…
- De nada, Antonio… parece mentira, che, hombre grande…

El Maestro hizo un gesto al angelito y éste asintió con la cabeza. Salió apresuradamente y a los pocos segundos volvió, acompañado de otro ángel mayor y seriamente lastimado. Muletas, un ala quebrada y cicatrices en el rostro y la espalda le daban un extraño aspecto. Con De Carli se miraron sorprendidos, uno de las lesiones y el otro de la vestimenta y el casco del cura.
Jesús hizo un gesto amistoso al ángel y le dijo con voz pausada:

- Necesito que te ocupes de este amigo que ha cometido un error y ya lo entendió. Va a volver a la Tierra, pero por supuesto no puede recordar nada de lo que hemos hablado o de su estadía aquí en el Cielo…

Jesús se interrumpió al ver el gesto de desagrado de su súbdito, y en el acto entendió el por qué, y prosiguió:

- Quedate cien por ciento tranquilo que no va a pasar nada, no me olvido de la vez que te agarró el loco aquél… por cierto veo que ya caminás mejor y me alegro… Bueno, me lo llevás al padre De Carli a la Tierra, me le borrás todos los recuerdos y me lo dejás en alguna isla deshabitada pero que tenga agua potable y algo como para comer… si te parece podemos hacer que haya restos de alguna gente que hubiera estado antes, como para que tenga algo de variedad de alimento y bebida. Y fijate que le funcione bien el teléfono satelital y el GPS así lo encuentran pronto, ok…?

El ángel hizo un gesto de duda o disgusto que Jesús advirtió de inmediato.

- Pasa algo?
- Señor… con todo respeto…
- Dale, sí… qué pasa…??
- No será muy Lost…??

jueves 17 de abril de 2008

Hasta el menor detalle...


Desde que había visto aquella película francesa, en plena adolescencia, se lo había imaginado. El día de su casamiento iba a marcar un hito en el buen gusto, la distinción y la elegancia. Por décadas, esa ciudad costera iba a hablar de él y de ese evento. Ni el más despreocupado por las cosas mundanas podría ignorar el encanto que evocarían las fotos de esa maravillosa ocasión…

No tenía en ese momento la menor idea de quién sería la novia. Ni siquiera estaba saliendo con alguna chica. Pero no lo dudaba: ella llegaría, y sería perfecta para completar la imagen formada en su mente. La belleza y elegancia femenina que suavizarían su presencia fuerte, decidida, al borde de ser arrogante.

Recordó aquella primera vez mientras quitaba la funda del smoking. La imagen seguía tan presente como veinte años atrás. Sólo que esta vez la estaba protagonizando. El moño de seda roja sobre la almohada era como una luz que se lo recordaba. El brillo inmaculado de los zapatos de charol permitía que ese punto rojo se reflejara con tal nitidez que parecía una gotita de sangre sobre la capellada.

Se vistió lenta y pausadamente. En un momento insinuó una mueca de disgusto cuando el tempo de Vivaldi, desde el CD, parecía acelerarse y no entender la solemnidad de esta ceremonia tan largamente imaginada.

El mínimo perfume sobre la solapa fue como el último toque del hada madrina en la carroza de Cenicienta. Se miró en el enorme espejo de la sala y sonrió satisfecho. La imagen que el noble cristal de la abuela devolvía era la que sus sueños le mostraron tantas veces.

Estaba solo. El evento lo merecía, y no había querido a nadie cerca. Era SU momento.

Subió al auto. Cuántos años había pasado restaurando ese Delage 1939…? Cuántas noches sin dormir, cuántos viajes a lugares insólitos para conseguir un farolito, una manija de puerta original, un reloj de los que faltaban en el tablero…? Muchas veces había advertido los gestos de sus amigos y familiares, dando a entender que estaba loco por destinar tanto esfuerzo y dinero a ese auto. Pero nadie podía siquiera imaginar la satisfacción que él sentía a cada paso, porque ese auto era para su noche soñada. Y si no era con ese auto, no sería perfecta. Y debía serlo.

El único detalle del auto que no era original era el reproductor de mp3. Pero estaba tan bien escondido y los parlantes tan disimulados, que nadie podía verlos si él no los mostraba.

Abrió el garaje y salió pausadamente. Sabía perfectamente cuáles serían sus próximos movimientos, sabía que todo lo que necesitaba estaba allí y de nada se había olvidado. Todo iba a ser perfecto. Y esa noche quedaría en la memoria de todos, como él lo había imaginado.

Para alguien que ha crecido en una ciudad con mar, es imposible no incorporarlo a sus momentos más importantes. Y obviamente lo había hecho. Con todo el tiempo por delante, fruto de su minuciosa y larguísima preparación de este día, tomó por la avenida de las palmeras, muy suavemente movidas por esa mínima brisa que parece barrer la última luz de cada día y a la vez traer el olor de la noche. Porque la noche, en una ciudad con mar, tiene olor propio.

Cuántas veces a lo largo de su vida había estado en ese lugar en el que ahora detuvo el convertible…? Era imposible saberlo. De niño con sus padres, con la excursión del colegio, en sus primeras salidas adolescentes… escondido entre esos arbustos de la derecha había abierto sus ojos a un mundo nuevo y maravilloso la primera vez que supo todas las maravillas que encerraba una mujer. Y podía apostar que estaba estacionado exactamente en el mismo y preciso lugar en el que, dos años atrás, Soledad le había dicho que sí, que lo amaba y que sería su esposa…

Hasta la noche era perfecta. La temperatura parecía controlada por un mecanismo infalible. El cielo estaba más transparente que nunca antes, cada estrella se veía en esa extraña penumbra que va dando paso a la noche. Y como si los demás supieran que quería estar solo, no había nadie a la vista. Sonrió, discretamente. Bien hecho, pensó…

En el asiento del acompañante estaba la minúscula heladera a baterías. Dentro, un Dom Perignon y la copa de Baccarat. Cada detalle, cada mínimo detalle estaba previsto. Abrió la botella, dejó bajar la espuma delicadamente, apenas mojó los labios. Subió el volumen. Digan lo que quieran, hablen de Alfredo Kraus, de Caruso… nunca nadie cantó Nessun Dorma como Luciano Pavarotti… tramontate, stelle…! All’alba vincerò…!!

Cuando la trompa del Delage partió la baranda de madera y saltó, como en cámara lenta, hacia las rocas del fondo del acantilado; él sostenía en la izquierda la copa con un resto de champagne. Y en el asiento trasero quedó el diario de esa mañana, doblado en la página en la que Soledad salía de la iglesia radiante en su vestido de novia, junto a su marido con uniforme de gala.

martes 15 de abril de 2008

Los delicados puentes entre ficción y realidad...

Infobae, 15 de abril de 2008...

Lo partió un rayo
Un joven de 29 años, oriundo de una zona rural de la provincia de Misiones, murió fulminado por un rayo durante una tormenta eléctrica. Había salido a alimentar a sus animales

Ramón Bertoldo, de 29 años, murió instantáneamente al ser alcanzado por un rayo durante una tormenta eléctrica el domingo, en la localidad de El Soberbio, Misiones, informó el sitio Territorio Digital. La esposa de Bertoldo contó que su marido, como todos los días, había salido en medio de la tormenta, cerca de las 12, a alimentar a los animales de su granja del Paraje Primavera, ubicado en el kilómetro 17 de la Ruta Provincial 2. De repente, la mujer escuchó un estruendo. Al salir de la casa, vio que un rayo había descargado sobre un árbol de paraíso, y a cinco metros encontró el cuerpo de Bertoldo y el de uno de los animales, ambos inmóviles. Inmediatamente lo trasladó a un centro asistencial, donde el hombre ingresó sin vida. El médico policial determinó que la muerte se produjo por un paro cardiorrespiratorio no traumático por descarga eléctrica.